Category Archives: Viajes

Pieles 2018: Mujeres empoderadas que buscan crear una comunidad Andina

Las organizadoras del evento que se realiza desde el 2015, Marcela González y Roberta Sbaraglini, revelaron la locación del encuentro para la gran expedición de la temporada invernal 2018 y anunciaron nuevas actividades como cursos de Avalancha AST1 y jornadas de randonnée y splitboard guiados, que pretenden capacitar e incluir a mujeres con menos experiencia en la cordillera.

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Outours: Curacautín

Curacautín fue fundada en 1882 por los españoles como una zona estratégica para combatir a los pueblos originarios de la zona. Lejos de esta realidad, hoy en día, es un pueblo que abraza sus raíces mapuches con orgullo, buscando la conservación de la cultura y los parajes naturales que, sin lugar a dudas, son su mayor riqueza.

Ubicado en lo que se conoce como Araucanía Andina, Curacautín está rodeada de cerros, ríos, lagos, volcanes y bosques milenarios maravillosos. La oferta turística es amplia, variada y enfocada a las actividades outdoors para todos los gustos durante todo el año con circuitos de observación de flora y fauna, deportes de nieve, termas, trekking y navegación, entre muchos otros.

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DIENTES DE NAVARINO: Un Trekking Inesperado

“Un trekking que será algo más que una prueba física para cada uno de ustedes” les advirtió una señora a 7 amigos cuando iban saliendo a comenzar la travesía de los Dientes de Navarino. Un viaje que sus integrantes no sabían que iban a realizar hasta que cambiaron los planes a último minuto en Punta Arenas. Sin mucha preparación ni implementos partieron al trekking donde cometieron un error que casi les costó caro y que les demostraría que siempre hay que mantenerse juntos en las expediciones.

Texto y Fotos: Pedro Arnaboldi Campos
DIENTES DE NAVARINO

La ventana del Yagán, mirando el canal de Beagle.

Al fin lo veíamos, ahí, a unos pasos, se erguía a un metro y medio sobre la nieve el hito 34; el blanco poste que marcaba el final de un ascenso que nos había tomado horas. Escurridizo como ninguno de los 33 que habíamos pasado a lo largo del trekking, apenas contrastaba contra las sobrecargadas nubes magallánicas y la nieve que levantaba el fuerte viento helado. Cada capa de nuestra vestimenta estaba más mojada que la anterior, el cortaviento, hacía rato que no frenaba el agua que había empapado hasta la más térmica de las camisetas; los pantalones llevaban días sin haberse secado, y los bototos impermeables de nada habían servido para el terreno por el que habíamos andado en el último kilómetro: Un colchón de 40 cm de nieve recién caída que tapaba una capa de hielo delgado que ante el mínimo peso se quebraba y dejaba sentir el agua que corría por debajo.

La altura permitía ver hacia a lo lejos una laguna de agua transparente que en su forma hacía recordar la huella de un guanaco, más atrás, se veía el canal de Beagle y al fondo se erguían verdes las altas montañas argentinas que rodean la ciudad de Ushuaia. Un paisaje increíble, pero el momento de paz que transmitía una vista así se terminó rápido, el viento comenzó a golpear aún con más violencia y hacía imposible quedarse más tiempo en aquel lugar. Caminando el cuerpo entraba en calor fácilmente, pero apenas nos deteníamos más de lo debido, el frío empezaba a pesar. Había que moverse, todavía quedaba mucha caminata si queríamos salir ese mismo día del circuito de los Dientes de Navarino y las nubes se estaban volviendo más amenazantes a cada minuto. Pero no podíamos… De los siete que habíamos salido de puerto Williams hace cuatro días, aún no llegábamos todos a la cima, faltaba uno. Sabíamos que no venía a más de 15 minutos atrás, pero cada minuto parado en ese punto empezaba a hacerse más insoportable. Decidimos avanzar y descender un poco para esperar en un lugar más protegido del viento. Un error que casi nos costó caro. 

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Se ven solo 6 puntos (nosotros) porque faltaba el séptimo que estaba arriba esperando en mitad de la pendiente del nevado paso Virginia.

El viaje a la isla Navarino resultó de una serie de eventos afortunados. Desde un principio el plan era ir a recorrer los dientes de Navarino, por recomendación del amigo de un amigo. Tras el clásico período en que algunos se bajaban y otro se subían al viaje, compramos los pasajes a Punta Arenas. El grupo definitivo quedó conformado: 7 amigos de colegio estábamos listos para hacer un trekking como en otro momento habíamos hecho a las Torres del Paine. Pero todo se vino abajo cuando un mes antes de partir llamamos al charter que conecta Puerto Williams con Punta Arenas y nos dijeron que no había nada para la fecha. La segunda opción era ir en transbordador pero el precio era  muy por encima de nuestro presupuesto. Así tuvimos que improvisar y se nos ocurrió la idea de ir Karukinka, un parque ubicado en Tierra del Fuego, famoso por su buena pesca, sus lindísimos bosques y su ambiente de relajo.

El día de la partida armamos nuestras mochilas, agregamos cañas de pescar y más de alguno echó un traje de baño …qué poco útiles terminaron siendo esas cosas al final.

Llegamos a Punta Arenas y el primer día, destinado a comprar la comida, todo cambió. En el supermercado nos encontramos con Alfonso, el tío de uno de los del grupo que vivía en Punta Arenas. Apenas supo de nuestra frustrada expedición a la isla de Navarino, le brillaron los ojos y convencido de que nos podía poner en la isla,  se convirtió en el mejor agente de viajes del mundo. En una hora de llamadas y carreras por la ciudad, nos consiguió espacio en el trasbordador Yagán, el único que hace el cruce a Navarino, por un precio rebajado. Aceptamos la propuesta a pesar de que ello significaba un completo cambio de planes y no estábamos preparados para un trekking tan exigente.

Zarpamos de noche, junto a unos pocos extranjeros, entre ellos unos alemanes que no dejaron de agradecernos que durante la travesía los proveyéramos de unas pocas cervezas Austral. Navegamos entre islotes montañosos y escarpados, verdaderos monumentos naturales, que según los marineros son totalmente vírgenes y permiten ver  una fotografía de lo que fue la hostil tierra de hace millones de años.

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Un descanso pasado el cruce Dientes de Navarino, 760 m sobre el nivel del mar.

Después de 30 horas de navegación, llegamos a Puerto Williams, el pueblo más austral del mundo. Apenas desembarcamos nos propusimos ser eficientes, porque contábamos con el tiempo justo para hacer la vuelta en 5 días para conectar con el zarpe del Yagán que regresaba a Punta Arenas. Nos dividimos, tratamos de conseguir la mayor información posible, avisamos a carabineros que iniciábamos el trekking, y gracias a la amabilidad de la gente de la zona, en un par de horas estábamos caminando con nuestras mochilas al hombro, un GPS arrendado, una guía impresa del circuito y mucho ánimo hacia nuestro primer día de caminata.

“Un trekking que será algo más que una prueba física para cada uno de ustedes” – nos advirtió una señora cuando íbamos saliendo, y que en el momento no le prestamos mucha atención… ¡Cuánta verdad había en esas palabras!

Luego de haber caminado 40 minutos por un tranquilo camino de ripio, llegamos a la base del cerro Bandera donde a la entrada de un bosque y señalando la huella que se tenía que seguir, se encontraba el primer hito de los 38 que tendríamos que pasar para completar los 55 km del circuito. Caminamos entre Coihues, Lengas y Ñirres, hasta que divisamos una espectacular vista en altura de la cordillera de Darwin, y el canal de Beagle.

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La perrita Sofi, quien nos acompañó durante toda la travesía

  Así, con Puerto Williams a nuestras espaldas, seguimos ascendiendo durante una hora hasta donde los árboles dejaban de crecer y dejaban al descubierto la cima del cerro Bandera. En ese lugar inesperadamente se sumó un nuevo integrante a nuestro grupo: una valiente y leal perra ovejera de pelo blanco, que nos acompañaría todo el trayecto y que más de alguna vez nos ayudó a encontrar el camino. En su collar rezaba su nombre, Sophie.

Junto a Sophie, los siete en línea y separados por algunos metros, caminamos por un sendero rodeado de bosques, lagunas naturales y las caprichosas inundaciones que han creado los castores invasores con sus diques.

Seguir el camino en Navarino requiere de mucha atención ya que, a diferencia de otros trekkings, no existe una huella marcada o un solo camino a seguir. Uno solo se puede guiar por los hitos geográficos que marcan la ruta, buscando las pisadas que aún no se hayan borrado y mantener a la vista los pequeños monolitos de un par de piedras montadas que, esparcidos por el camino, ayudan a saber que se va por donde al menos un hombre ha pasado alguna vez. Cuando todo eso falla, siempre se puede recurrir al mapa del gps para reorientarse.

Caminamos un par de horas bajo un sol radiante, y aunque nos desviamos algunas veces de la línea e incluso tuvimos que subir por una escarpada pendiente de gravilla para recuperar el rumbo,  logramos llegar al hito número 8: la laguna El Salto, nuestro primer punto de campamento y primer contacto con otros caminantes del circuito: una pareja de Ingleses de 50 años, un  trotamundos de Suiza y un médico alemán, que ya habían asentado sus carpas.

Aprovechando los espacios que alguna vez exploradores más expertos habían preparado para poner carpas, armamos rápidamente las nuestras, y después de juntar leña muerta, nos sentamos alrededor de un pequeño fuego junto a la laguna a compartir historias con nuestros nuevos compañeros. El sol se rehusaba a esconderse y hasta altas horas de la madrugada seguía alumbrando tímido las afiladas puntas de los Dientes de Navarino que cercaban la laguna. Arriba un cóndor volaba con esa majestuosidad única.

A la mañana siguiente nos despertamos, levantamos nuestras carpas y empezamos nuestro segundo día de caminata por el circuito que hasta ese momento no nos había presentado mayores dificultades. Salimos de la laguna ascendiendo por una escarpada pendiente por donde resbalaba un riachuelo que nos guió hasta el punto más alto del circuito, el paso Australia (900 metros sobre el canal de Beagle). Tras caminar sobre manchones de nieve y bordear un par de lagunas congeladas, terminamos el ascenso; cruzamos los Dientes por primera vez en el trayecto y llegamos al lado sur de la isla. Desde arriba se podía ver, detrás de los bosques y lagunas, un horizonte cargado de nubes que viajaban hacia la Antártica. Nos conmovía la idea de que difícilmente íbamos a volver a estar alguna vez tan cerca del gran continente blanco.

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Laguna del Salto, primer lugar de acampada 460 m sobre el nivel del mar.

Mientras mirábamos, unas tímidas gotas de agua se transformaron, de un segundo a otro, en una lluvia torrencial. En segundos todas nuestras capas de ropa quedaron empapadas. Debíamos llegar rápido al próximo campamento. Caminamos unos 45 minutos bajo la lluvia y llegamos a la laguna escondida, el hito 18 a los pies del cerro Gabriel. Aunque el lugar nos dejaba muy expuestos, y las carpas tendrían que quedar separadas, el cerro Gabriel nos protegía bastante del viento, y ya no teníamos ánimo para seguir en esas condiciones. Armamos las carpas y saltamos adentro para protegernos del frío.

Mientras revisábamos que los cubre-mochilas hubieran protegido nuestras pertenencias, y rezábamos porque la lluvia se fuera para el día siguiente, el constante sonido de las gotas contra la carpa cesó… y empezó a caer nieve.

Esa noche dormimos inquietos, deseando que dejara de nevar y pensando lo complicado que sería caminar bajo la nieve, sobre todo porque algunos no teníamos ni guantes. Pero cuando abrimos las carpas vimos que seguía nevando. No podíamos quedarnos encerrados por lo que nos pusimos nuestras ropas, levantamos nuestras carpas y partimos en nuestro tercer día a caminar por las llanuras ahora cubiertas por una alfombra blanca. Ese día, sin embargo, descubrimos que la nieve era mucho más amistosa que la lluvia, casi no moja y caminando no se siente el frío.

En el camino nos topamos con los dos neozelandeses que habíamos visto el primer día. Aunque apenas habíamos cruzado algunas palabras teníamos una conexión especial porque sus huellas nos hacían de guía o las nuestras les servían a ellos cuando los adelantábamos en alguno de sus descansos.

El trayecto de ese día nos llevó hacia el allá famoso Paso de los Vientos. Un nombre para nada antojadizo, porque a los pocos metros de empezar el Paso, el viento hacía que cada movimiento fuera una lucha y se empecinaba en volar nuestros cubre mochilas. Eso sí,  las vistas compensaban premiando a cada paso con postales únicas compuestas por la nieve, los arboles, las lagunas y los cerros.

Lástima que apenas bajamos de los 700 m. sobre el nivel del mar, la nieve a la que nos habíamos acostumbrado dio paso a la lluvia y debimos buscar refugio nuevamente. El problema fue que, había caído tanta agua, que toda el área estaba completamente empapada. La turba que bajaba de las montañas y se conectaba con la laguna Martillo, estaba toda atestada de riachuelos que hacía la idea de poner una carpa algo imposible. Empezamos a desesperarnos cuando descubrimos debajo de un conjunto de Ñirres una carpa. Se asomó un hombre y reconocimos a la pareja de ingleses. Nos miraron con compasión y no se quejaron de que armáramos nuestro campamento pegado al de ellos pues no se veía ningún otro lugar habitable. En los pocos pedazos de turba  apenas cabían nuestras tres carpas.

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El largo camino de subida nos iba distanciando a mediada que caminábamos para cruzar el paso Virginia, el último ultimo paso antes de cruzar de vuelta hacia el lado norte de la isla (donde está Puerto Williams).

   Aunque las carpas quedaron inclinadas, sobre raíces y mucha humedad, a esas alturas, estar bajo techo fue una bendición. No nos quedaba casi nada de ropa seca, y estábamos cansados, pero aún un quedaba un día completo de caminata para salir del circuito, y si seguía lloviendo iba a ser imposible llegar para el zarpe del Yagan. Esperando lo mejor y con un grito de ánimo de “Mañana Salimos” nos encerramos en nuestras carpas. El frío hacía muy poco apetecible la idea de ir a buscar agua así es que para cocinar nuestros tallarines de esa noche no quedó otra que ocupar una bebida  isotónica azul. Le dimos un  tarro de atún a Sophie, y con el estómago lleno nos propusimos dormir.

Cuando despertamos un canto pájaros acompañaba un silencio maravilloso. La lluvia había cesado. Sin esperar más, nos pusimos la última ropa seca que nos quedaba, comimos nuestras barras de cereal y frutos secos, e iniciamos la caminata final a primera hora de la mañana. La subida para llegar al último paso que nos devolvería al lado norte era de lo más variada. Partimos caminando sobre raíces y bajo la sombra de Coihues y Lengas, donde un dique abandonado de castor nos sirvió de puente, luego pasamos por una zona escarpada de rocas sueltas y rojizas, y llegamos a  una loma ancha cubierta  de nieve y hielo. El viento empezó a soplar con más fuerza por lo que nos concentramos en llegar arriba sin detenernos para evitar que el clima empeorara.

Al fin lo veíamos, ahí a unos pasos se erguía sobre la nieve el hito 34. Habíamos llegado a la cima del paso Virginia. Un lugar que la guía de bienes nacionales, un esencial de este trekking, resume como:

“¡CUIDADO! Si avanza más allá de la pirámide de piedra, que señaliza el HITO nº 34, para admirar la hermosa vista sobre la laguna del Guanaco y el canal Beagle, debe considerar que el borde es una inestable cornisa de nieve, que se sostiene sobre un precipicio de 300 m. de altura. Además, en toda esta área es frecuente la ocurrencia de violentas e imprevisibles ráfagas de viento, que pueden desestabilizarlo y arrastrarlo cerro abajo.”

En ese momento uno de nuestro grupo se había rezagado y nos detuvimos a esperarlo. Pero el viento comenzó a soplar cada vez más fuerte y era imposible seguir ahí estáticos. Debíamos movernos o nos íbamos a congelar. Decidimos avanzar para buscar un lugar protegido pero el camino nos llevó a un punto peor. Parados en la mitad de la fuerte pendiente que desciende hasta la laguna Los Guanacos, nos dimos cuenta que la posibilidad de resbalarse y caer era real. Estábamos en una encrucijada, subir se hacía imposible por lo resbaladiza de la pendiente, quedarse era insufrible por el frío y bajar era distanciarse aún más del rezagado que con cada paso que diéramos se le iba a hacer más difícil vernos.

 Estábamos quietos en la mitad del descenso cuando desde lo alto nos llegaron gritos que traía el viento: ¡¿Por dónde es el camino?¿Donde están?¿Me escuchan?! Todos intentamos gritar al unísono para que nuestro amigo nos escuchara pero el viento se llevaba nuestros gritos muy lejos. Desde donde estábamos la angustia crecía porque veíamos que si se equivocaba de camino la posibilidad de caerse era altísima.

Después de varios minutos que nos parecieron horas, vimos a lo lejos la silueta negra de nuestro amigo que por fin había encontrado el camino que bajaba por la pendiente. Fue una explosión de felicidad. Aunque nos ganamos un merecido reto por haberlo dejado atrás, al poco rato el nerviosismo dio paso a las bromas y ya todos juntos pudimos continuar con nuestro descenso. Todos aprendimos una buena lección que jamás olvidaremos. Jamás hay que separarse.

El sol salió para acompañarnos durante la última parte de nuestro trayecto. Lo disfrutamos sentándonos un largo rato en una ladera con pasto al lado de la laguna Los Guanacos. Al fondo, el canal de Beagle cercaba los cerros argentinos y una brisa fresca nos llenaba de paz.

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Día 3 caminando entre matorrales nevados hacia la laguna Martillo (donde hicimos el ultimo camping), antes de que volviera a empezar a llover torrencialmente.

  Durante nuestro descenso final caminamos de nuevo bajo los bosques que fueron la tónica del paisaje y justo cuando creíamos que Navarino ya nos había mostrado todo lo que tenía, nos dimos cuenta que la línea punteada que habían puesto en esa zona final en el mapa no era antojadiza: El suelo se convirtió en un hondo barro que se empecinaba en sacarnos los bototos en cada paso. Luego de más de una hora de caminata pegajosa, llegamos, finalmente, a la calle que conecta con Puerto Williams. Lo habíamos logrado, volvimos a la civilización. Fueron sólo 4 días, pero fueron 4 días inolvidables en los que estuvimos solos en una conversación única con Magallanes. Aquí la guía reza: “dese un tiempo para mirar atrás y contemplar la cadena montañosa por la que ha circulado en estos días.”

Aunque Navarino aún no había terminado, pues estábamos a nada menos que 3 horas de Williams, emprendimos la vuelta por esa carretera con felicidad. Por suerte un camión maderero nos recogió y nos dejó de vuelta en el pueblo. Ahí encontramos en la puerta del hostal “Refugio El padrino” un cartel que rezaba: entre, si no hay nadie, tome una cama y después arreglamos. Este cartel complementaba el increíble cariño de la tia Cecilia, la dueña, quien nos recibió con toda la amabilidad  que caracteriza a la gente en este recóndito lugar. Aquí compartimos las anécdotas del trekking con otros viajeros del mundo que ya lo habían hecho o se estaban preparando para hacerlo, y por pura coincidencia nos encontramos con el suizo de nuestro primer campamento, quién nos regaló una foto en donde capturó justo el momento en que nos habíamos separado de nuestro amigo.

Comimos unas exquisitas empanadas de centolla magallánica en el pueblo y nos subimos de vuelta al Yagan. A los pocos minutos de ponerse en movimiento, mirando hacia atrás veíamos Puerto Williams alejarse, y al final, sólo los dientes se alzaban afilados sobre el estrecho, contrastando contra el cielo azul.

Había terminado nuestra increíble experiencia en “El trecking más extremo del mundo”. Un trekking al que todos prometimos volver a hacer algún día, eso sí, esa vez iremos con el equipo contra agua adecuado.

Roadtrip en Europa en Parapente II

Los 3 chilenos Bototo, Pelao y Raka, después de 2 semanas viajando en una van y recorriendo los países más icónicos del parapente Francia, Mónaco y Suiza,, continúan su segunda mitad de este viaje, volviendo a donde empezaron: en Milán, Italia.

Texto: Gerardo Sánchez / Fotos: José Luis Benavente, Rodrigo Torres, Gerardo Sánchez.

Milán, Italia

De regreso en Milán, aprovechamos de hacer escala en la casa de los papás de Camila (amiga nuestra y polola de Bototo), con mucha ropa por lavar y aprovechamos de visitar Lago Magiore en busca de un despegue. Como siempre medios perdidos, logramos dar con el centro de vuelo, quie- nes nos llevaron hasta la cumbre del cerro, después de un trekking de 15 minutos, con nuestros parapentes al hombro. El vuelo fue un lujo, se veía todo el lago y la abun- dante vegetación, aunque las condiciones no estaban muy buenas, nos pudimos rela- jar volando por 40 minutos contemplando la vista al valle.

Comienzo segunda mitad del viaje: Croacia

Al día siguiente, partimos rumbo a Venecia con la Cami que hizo de guía turístico, seguimos un poco más hasta Trieste y desde donde continuamos sólo los 3 hacia Croacia. Desde Italia a Croacia, pasamos a través de Eslovenia, y en la frontera entre ésta y Croacia nos tocó un control de policía internacional que nos hizo pasar un buen susto, ya que Bototo estaba durmiendo en la parte de atrás de la van y ninguno estaba preparado para el control ¡Imagínense el orden en esa van!

Split, Croacia

En Croacia, con mucho calor, llegamos a Split y comenzamos a recorrer playas de arena blanca con aguas turquesas, que nos cambió el switch de los Alpes que veníamos recorriendo. Nuestro plan ahí era tomarnos una semana navegando a vela por las islas de Croacia o lo que llaman: mar de Dalmacia. Pasamos un día más en tierra firme y ya en la segunda noche, estábamos en un muelle cargando todo en un velero de 35 pies (el Elanka 2). Subimos los parapentes, sólo “por si las moscas”; éramos sólo los 3 más el skipper “Sir” y el bote era para 8, así que espacio sobraba.

Días de navegación por Dalmacia (Islas de Croacia)

Partimos a primera hora rumbo a Vis, y a la media hora de partida ya nos habíamos encaramado como monos al mástil y apenas llegamos a la isla, arrendamos un auto para recorrerla. Sir contacta a un piloto local de parapente, quien le da unas instrucciones por teléfono, y al rato está- bamos en un nuevo despegue, abandonado y a 600m sobre el mar. El aterrizaje no era nada bueno y la traducción del local era algo así: “Abajo, vas por la calle principal y hay una gran intersección, bueno, esa calle que cruza es el aterrizaje, traten de no aterrizar con muchos autos y cuidado con los postes y árboles, mucha suerte”. Esto nos generó algo estrés en el despegue, pero no nos retrasó mucho más, despegamos y pudimos subir para alcanzar a ver toda la isla desde las alturas, de orilla a orilla y en todas sus direcciones. El aterrizaje fue un poco complejo: Raka con la vela en un árbol, Bototo en unos arbustos y yo “de cuea” en la calle entre los postes. Todos sanos y salvos, subimos nuevamente y esta vez Bototo despegó en el tándem junto a Sir y aterrizaron sin novedades. Esa noche nos quedamos en el muelle de Vis.

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El Bototo junto a Sir, cumpliéndole un sueño a nuestro skipper al volar sobre sobre su querida Vis, en Croacia. El aterrizaje era una de las intersecciones entre casas y postes.

A la mañana siguiente, partimos a visitar las famosas Blue y Green caves, cavernas en donde la única luz en su interior es des- de el agua producto del sol que se refleja en el fondo marítimo. Camino a las cuevas, Sir nos lleva a un antiguo refugio submari- no de la 2da Guerra Mundial y nos comenta de una tradición croata de saltar desde la parte más alta hacia el agua. Con Bototo nos animamos y fuimos a saltarlo, eran casi 16 metros, y daba miedo (con justa razón), aterrizamos lo mejor que pudimos, pero quedamos con los cachetes moreteados por 2 semanas. Repetimos el mismo salto desde arriba de las cavernas, pero a una menor altura (10m), necesitábamos esa adrenalina extra y la oportunidad era única.

Hvar y Dubrovnik, Croacia

Llegamos a Hvar, una isla muy turística en donde nos dedicamos únicamente a comer, salir en las noches, navegar en las costas y descansar. Después de 4 días navegando, volvimos a Split y nos dirigimos a Dubrovnik donde conocimos lo que era el calor: 40 grados a la sombra y una humedad insoportable, de noche era imposible dormir y la temperatu- ra no bajaba. Hicimos el típico paseo a la ciudad amurallada y fuimos al mirador desde el cerro más alto en busca de un despegue, sólo encontramos un museo de la guerra con Yugoslavia y el viento estaba cruzado, pero la verdad que fue mejor así, ya que no se veían aterrizajes (o, no muy seguros). Continuamos hacia el sur, a donde nos habían recomendado ir a playas con menos turistas, y así fue como llegamos a Budva, en Montenegro (también ex Yugoslavia).

Budva, Montenegro

En Budva todo gira entorno a sus playas, gente de Serbia va a veranear y estábamos en plena temporada. Aquí decidimos rega- larnos una noche y dormir en una hostal. Requisito: que tuviese aire acondicionado. Dimos con el lugar perfecto (The Littlest Hobo) que, además del aire, se respiraba una buena onda de viajeros internacionales. Al día siguiente, nos encontramos con pa- rapentes volando cerca de la playa, así que nos pusimos de acuerdo con los pilotos lo- cales y nos llevaron al despegue. A 700m de altura y con un vuelo directo a la playa con vista sobre toda la bahía, el aterrizaje fue muy estrecho, pero no tuvimos problemas.

Tolmin, Eslovenia

Manejamos sin parar todo un día hacia
el norte y llegando a Eslovenia tuvimos que detenernos, ya que nos atrapó una tormenta bestial, una nube tormenta con muchísimo viento en donde, por un segun- do, pensamos que nos iba a volcar aún con el auto parado. Granizo y lluvia venían de todas partes.

Seguimos directo hacia el norte hasta Tolmin, un pequeño pueblito entre cerros: nuevamente estábamos en la tierra de Hei- di. El despegue a 800m de desnivel sobre el aterrizaje y con muchos pilotos, volamos un rato tomando altura y sacando fotos;
el lugar era espectacular: lleno de verde y contrastando con montañas nevadas y rocas de granito, ríos de aguas turquesas y mucha camaradería. Partimos al día siguiente rumbo a las famosas Dolomitas, cordilleras de granito, pero en el camino vemos un letrero que nos señala que estábamos a 9km de Austria. Dijimos: “¡Cómo no vamos a pasar por Austria!” Nos desviamos a lo que sería una pequeña parada en el camino.

Sillian, Austria

Después de su merecido schop y prepa- rados para continuar rumbo a Italia, de curiosos preguntamos si hacían parapente, y dimos con una escuela de parapente que resultó ser una especie de residencial de 2 pisos, con una completa tienda de este deporte: era como una juguetería para cual- quier piloto. Nos indican que estábamos en unas de las mejores zonas de vuelo, y con un mapa, nos muestran que estábamos rodeados de despegues, y a todos ellos se llegaba con andarivel. Estaba decidido, nos quedábamos ahí. Al día siguiente, partimos rumbo a un despegue que quedaba del lado de Italia, a unos 5km de la frontera con Austria, muy ventoso, y los locales nos reco- miendan que no intentáramos volar hacia Austria, pues el viento no nos iba a dejar cruzar. Confiamos en nuestra experiencia e instinto, y decidimos intentarlo de igual forma. Fue difícil, y casi ni avanzábamos en contra del viento, perdíamos altura y arries- gábamos quedar aterrizados en un bosque. Acelerando a fondo, se pudo y una vez en el valle, ya con viento de cola, avanzamos 10km y llegamos a Austria, caminamos hasta un hotel en donde la recepcionista nos llevó a la estación de tren, dejándonos en el mismo lugar donde teníamos el auto.

Despegue de Tolmin, Slovenia, 800 metros sobre el aterrizaje y muy empinado, fue más difícil subir por ese angosto camino en la VAN que despegar desde ahí.

Despegue de Tolmin, Slovenia, 800 metros sobre el aterrizaje y muy empinado, fue más difícil subir por ese angosto camino en la VAN que despegar desde ahí.

Alpe di Suisi: Dolomitas, Italia

Terminando ya nuestro viaje y a toda marcha, llegamos a las famosas Dolomitas en Alpe du Suisi, usadas como postales y fondos de escritorio por muchos parapentistas, son unas formaciones rocosas de granito simi- lares a nuestras Torres del Paine, pero un poco más altas (3.100m). Cuando llegamos, quedamos con la boca abierta, era realmente impresionante e imposible no parar al cos- tado del camino sólo para contemplar la inmensidad de estas torres. Ubicamos el des- pegue y quedamos en volver al día siguiente, para irnos a dormir a un hostal en Bolzano, a 30 minutos en auto. Al día siguiente, subimos temprano al despegue, que más bien era una atracción turística, con restaurant y mirador, despegamos pidiendo permiso entre medio de la gente y pudimos remontar unos 300m sobre el despegue, a unos 2000m de altitud, con esto nos dio para acercarnos a estas paredes y sentir su presencia con una turbulencia que no me dejó ni sacar la cámara. Aterrizamos al costado del camino, con una tremenda sonrisa en la cara, había- mos logrado lo que ningún otro piloto que conocemos había hecho: recorrer todos los Alpes con los lugares más impresionantes y en un sólo viaje. Estábamos listos para volver a Milán y tomar nuestro avión, la aventura terminaba, pero las historias y paisajes quedarían por siempre en nuestra memoria y, seguro, en más de algún relato.

SUP en el Archipiélago Los Canarreos de Cuba: El Caribe olvidado

Lejos de las rutas turísticas y típicas de Cuba, Arnaud Frennet y su familia, emprenden un viaje a bordo de un catamarán por el Archipiélago de Los Canarreos, un grupo de islas ubicado al sur de Cuba. Disfrutando de la exuberante belleza y de la exquisita fauna marina, navegando en su SUP por islas paradisíacas desiertas, y aprendiendo de la forma de vida en la Cuba desconocida, en una aventura digna de contarse.

Texto: Arnaud Frennet / Fotos: Vania Arce y Arnaud Frennet

Son las 6 de la tarde, y tras más de una hora de haber aterrizado en La Habana, aún no llegan las maletas. Afuera, cae un aguacero que no deja trabajar al personal del aeropuerto y buena parte de los bultos ya están empapados. Viaja- mos bien cargados como es costumbre; a pesar de llevar sólo ropa liviana, apenas un SUP inflable y 2 remos, traemos montón de comida. Este viaje no es otra aventura extrema de Stand Up Paddle para mí, esta vez, se trata de un viaje de navegación familiar con unos amigos, en su catamarán “Los Lobitos”.

Fred, Juanita y su hija Amélie, llevan cerca de 2 años recorriendo el Caribe en su catamarán. Un viaje de ensueño que lograron hacer realidad después de muchos años de sacrificios y preparación. Tras algunos intentos fallidos, finalmente pudieron coincidir la fecha y el lugar para poder unirnos a ellos y compartir parte de su sueño. “Juntémonos el 21 en la marina de Casildas, en Trinidad, Cuba”, fue bási- camente el último mensaje que recibimos. Pocas semanas después estamos cruzan- do la isla de Cuba en dirección a Trinidad. Nuestro taxi es un viejo Lada reventado, las puertas apenas cierran y no hay cintu- rones de seguridad. La música sí funciona, y bien fuerte. ¡Bienvenido a Cuba!

Cayo Cantiles, isla inhabitada con cara de postal, pero sus playas expuestas a los vientos reciben toneladas de desechos. Triste testimonio del mundo habitado.

Cayo Cantiles, isla inhabitada con cara de postal, pero sus playas expuestas a los vientos reciben toneladas de desechos. Triste testimonio del mundo habitado.

Una aventura en cada esquina

La Isla ya la conocíamos, pero nuestra experiencia esta vez iba a ser mucho más profunda. A alojar donde un habitante las pocas noches que pasamos en tierra, a tener que salir a encontrar víveres para abastecer el catamarán para varios días de navegación, pudimos ver la Cuba de verdad. Quizás el contraste con nuestro mundo consumista es a veces chocante, pero Cuba es un país fascinante, donde la aventura es omnipresente. Lograr comprar huevos puede transformarse en hazaña, tanto como recorrer una Isla perida en SUP, o abrir un cajero automático para recuperar una tarjeta bancaria recién tragada… en Cuba todo es difícil, pero todo es posible.

La gente siempre amorosa y siempre dispuesta en ayudar, vive a su ritmo, sin mucha planificación, tratando de encontrar la felicidad de cada momento simplemen- te, a pesar de las dificultades y la escasez. Si bien la apertura al mundo exterior se está haciendo sentir, especialmente en La Habana, la Cuba profunda sigue intacta, y encantadora.

Che Guevara. En honor a su rol en la revolución Cubana. Cerca de 60 años después el gobierno sigue celebrando la revolución como si fuese reciente.

Che Guevara. En honor a su rol en la revolución Cubana. Cerca de 60 años después el gobierno sigue celebrando la revolución como si fuese reciente.

¡A navegar!

Tras unos días en Trinidad, donde conse- guimos abastecer suficientemente Los Lobitos para la navegación, finalmente llegó la hora de zarpe. Nos vamos de la marina rumbo a Cayo Guano del Este, el primer islote de Los Canarreos. Ubicado a unas 12 horas de navegación hacia el sur, el archipiélago cuenta con cerca de 350 islas. Aparte de la gran isla de la Juventud y de los resorts de Cayo Largo, Los Cana- rreos están prácticamente inhabitados. Manglares, playas paradisíacas, y arreci- fes con aguas cristalinas, se suceden en cantidades innumerables, apartados de las grandes rutas de turismo, solamente visitados esporádicamente por algún velero.

Catamarán Los Lobitos, fondeado en alguna parte del Caribe

Catamarán Los Lobitos, fondeado en alguna parte del Caribe

Para mí era un sueño. Cada día, me levantaba muy de madrugada para salir a descubrir los alrededores de nuestro lugar de fondeo en mi SUP, remar entremedio de los manglares, recorrer islotes sin nombre, y disfrutar de la abundante fauna marina, eran mi pan de cada mañana. En el día, cada tramo de navegación era una oportunidad de pescar. Atún, Mahí Mahí y Barracuda hicieron el menú del día, y su pesca rompía lo monótono de las largas horas de navegación, con entretención.

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Una calle en La Habana. “Si bien la apertura al mundo exterior se está haciendo sentir, especialmente en La Habana, la Cuba profunda sigue intacta, y encantadora”. – Arnaud Frennet.

En las tardes, cada fondeo era oportunidad de bucear, o para cazar langostas y pescar con arpón, o simplemente para disfrutar del espectáculo en familia. La riqueza de las aguas en esa zona es algo aún excep- cional, y su abundante vida marina nos sorprendió donde sea que nos parábamos a fondear.

El puro susto

En el centro del archipiélago, la marina de Cayo Largo nos sirvió de base. Era el punto ideal para reabastecernos, e incluso para poder conectarnos a internet, un verdadero lujo en Cuba. Pero lo que más disfrutamos de Cayo Largo fue de poder enchufar el aire acondicionado del catamarán en el muelle de la marina. Claro, no hay paraíso perfecto, y el calor llega a veces a ser insoportable, especialmente para dormir en las noches.Justamente una noche, ese lujo de dormir fresquito, casi se transformó en un drama. Una tormenta eléctrica muy potente, se dejó caer justo encima de nosotros, con viento de 50 nudos. La fuerza de los vientos casi arrancó el muelle con todos los botes amarrados. Muy largos se sintieron los 20 minutos de lucha bajo el aguacero, los relámpagos y las borrascas de viento insostenible. Por suerte fue puro susto, pero obviamente se cortó la luz y dormi- mos igual con un calor desagradable… El paraíso tiene su precio.

En esas condiciones, las travesías de SUP requieren de algunas medidas de seguri- dad, y planificación. La más importante es de llevar un buen hydropack y agua adicio- nal para una hidratación continua.

Un arrecife de algún Cayo perdido en el mar del Caribe.

Un arrecife de algún Cayo perdido en el mar del Caribe.

Las Iguanas gigantes, reyes y señores de gran mayoría de los islotes.

Las Iguanas gigantes, reyes y señores de gran mayoría de los islotes.

Una desagradable sorpresa y una grata experiencia

En mi distintas escapadas en Stand Up Paddle, quizás la que más me marcó fue la travesía a Cayo Rosarito. Había elegido llegar a la isla en lo que se veía como una playa para postales. Muy larga, de arena blanca, con palmeras y pinos, bordeada de una laguna turquesa gigante bordeada por un arrecife precioso. Al alcanzar la orilla, tras una buena remada, el sueño tomó un sabor muy amargo. Haciendo frente al este, la playa recibe los vientos alisios de pleno, y allí vienen a varar toneladas de desechos, principalmente plásticos. Una manifestación brutal de lo incoherente de nuestro modelo de sociedad. Claro estas cosas se saben, y se repiten todos los días a través de diferentes movimientos ecoló- gicos, pero para mí fue como un shock ver cómo este paraíso tan retirado y olvidado también se veía afectado.

Mejores vibras nos dejó la visita a Cayo Cantiles. A esa isla todos me siguieron desembarcando en bote. Allí conocimos a 4 pescadores, los únicos residentes
del lugar, con quienes compartimos una entretenida tarde, y aprendimos de su forma autosuficiente de sobrevivir en esa maravillosa isla, lejos de todo.

El almuerzo, listo para volver al catamarán y cocinar.

El almuerzo, listo para volver al catamarán y cocinar.

Esa noche, nos juntamos todos en la proa a mirar las estrellas y disfrutar de unas buenas conversaciones familiares. “¿Por qué no vivimos como los pescadores de Cantiles?” preguntó de repente Amélie de 6 años. Tras un pequeño silencio la niña termina: “Así no tendríamos que botar más basura en el mar”… Palabras ingenuas, cierto, pero inmensamente sabias a la vez, que vinieron a profundizar aún más todas las enseñanzas de este viaje.

Agradecimientos: especiales a Fred, Juanita y Amélie, por la invitación, y a Lippi, Naish y Nautisport por el apoyo de siempre.

8 Meses viajando por Australia: Sydney

Continuando la travesía por Australia, después de haber recorrido Melbourne y haber completado la carretera llamada “Great Ocean Road”, nos dirigimos a la famosa y gran ciudad de Sydney siendo la más grande, poblada y la más visitada por turistas. Al contar con un extenso territorio, posee una gran diversidad de paisajes naturales; desde extensos bosques salvajes a paradisíacas playas.

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Nosotros los Viajeros: Un año en Kombi por Chile

Dani, Jupa y Amunche (¡su transporte!) ya cumplieron el sueño de vivir viajando en kombi por Chile. Cuando comenzaron su aventura no tenían claro como ésta cambiaría sus vidas: conocieron personas y lugares increíbles, y recorrieron un camino que los dejó llenos de aprendizaje, haciendo un giro en su forma de ver la vida, el trabajo y los sueños. Continue reading