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Un chileno surfeando en Alaska

“Mi idea de viajar y lograr surfear en Alaska fue siempre un sueño incierto. Era una aventura que emprendería solo, sin surfistas conocidos, sin destinos seguros, sin un clima predecible y más difícil aún, con una fauna que no siempre te deja surfear.” A continuación revisa la historia completa.

Texto: Nicolás Sutil / Fotos: Kepa Acero y Nicolás Sutil

Mi viaje se inició con destino al pequeño pueblo de Homer, en el extrema sur oeste de Alaska, a 6 horas de la capital Anchorage. En ese hermoso y salvaje pueblo de pescadores y leñadores vive mi tío Willie Condon, un chileno que  desde hace 30 años opera su lodge de ecoturismo, Sailwood. Homer esun paraíso  perfecto con naturaleza pura y salvaje donde las ballenas, osos, cabras salvajes, águilas y lobos son compañeros  del día a día, sin dejar de mencionar los increíbles cardúmenes de pink  y silver salmons, que hacen de estos ríos sus camas de desove, con la tranquilidad que pocos ríos tienen en el globo.

Mis opciones de surf en Alaska eran acotadas, todo dependía de la motivación y, a la vez, de la  suerte que esperaba a mi viaje. Fue así como en Homer conocí a Ben, un joven surfista californiano, que se dedicaba mitad de año a la pesca de salmón en las turbulentas aguas de la isla de Kodiak. Ben me comentó que, al igual que todos los años, una vez terminada la temporada de pesca, saldría con el capitán del barco, Mike, en busca de olas; todo esto por no menos de 2 semanas, viajando a lugares no surfeados previamente. Ahí fue cuando Ben me invito a acompañarlos en este “boat trip” en busca de las perfectas olas de este helado rincón del Pacífico.

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Con la suerte del viajero

Ya aceptada la invitación al trip, salí con mi improvisado equipo: un traje de neopreno  de 4,3 mm, una lycra de 3 mm, botines de 4 mm y guantes de 4 mm. La tabla que había conseguido (con un amable desconocido) era una 6’6’’ de kitesurf. Así  nos subiríamos en un ferry  para viajar 16 horas, abandonando el continente en busca de Kodiak. Una vez en el puerto conocí al capitán y salimos en busca de provisiones para nuestra aventura.

Con todos los víveres (y las infaltables cervezas) fuimos a Pasagshak, el único beach break de Kodiak accesible en auto. Con una suerte inmejorable, la del viajero solitario, nos tocó un primer día de surf con olas perfectas y amigables (1,5 m). Fue en ese momento, mientras tomaba un mate, cuando se me acerca un tipo con pinta de vagabundo a preguntar si yo era argentino y si hablaba español. Le respondí que sí hablaba español, que venía en busca de olas y entendiendo cómo me había reconocido, le dije “Soy chileno, tanto como el mate”. Fue ahí donde con Kepa Acero, embajador de Patagonia, nos conocimos y comenzamos juntos a surfear

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Juegos de la marea

Desde la bahía de Kodiak el viaje nos tomaría unas 15 horas de navegación: llevábamos 7 tablas, spray repelente de osos y armas de defensa personal, en caso de sufrir un ataque. Así fue como llegamos a la zona del estrecho de Sitkalidak, donde entramos con marea alta, anclamos y nos quedamos dormidos.

Al otro día amanecimos con nuestro barco, el Alpen Glow, completamente escorado. El capitán no sabía cómo no nos habíamos dado vuelta; cuando llegara la marea alta podríamos recibir un duro golpe y quizás voltear definitivamente nuestra embarcación. Los osos andaban a 100 metros comiendo salmón y ya nos veíamos con uno de estos grandes depredadores metidos en el barco.  A mi tío Willie le han entrado osos a la casa, botando la puerta y dejándolo sin comida. ¡Eso es lo menos que te puede pasar! Muchos habitantes de Alaska duermen con el rifle debajo de la almohada.

Luego de arreglar el problema con el Alpen Glow, junto a Kepa decidimos salir y hacer nuestra primera exploración de surf. Nos bajamos a pie pelado y con la marea baja; no sabíamos lo fangoso que era el terreno y cometimos un grave error. “Cuando nos dimos cuenta de lo que pasaba, estábamos muy lejos del barco. Tenía la sensación que pisaba sobre un lugar sin fondo, en donde los bolsillos de aire se iban abriendo y me succionaban. Sabía que si me detenía me iría para abajo ”, comentó el surfista vasco Kepa Acero en un artículo de Surfer Magazine.

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Después de ese intenso momento, quedamos sin palabras ni mucho ánimo para surfear, pero fuimos a reconocer las olas y la costa.

La vida en bote

Era muy entretenido estar a bordo del Alpen Glow; fueron semanas de salmones, cerveza, pesca con mosca o a mano, jugar a las cartas iluminados solo por velas y, por supuesto, de surf , todo mientras  esperábamos la entrada de un swell gigante.

Cuando llegó el gran día salimos con marea alta, en una caminata de 3 horas que nos llevó a una punta derecha increíble, a la cual se accedía bajando por una quebrada… en la cual andaba merodeando un oso. Estaba su cama, su mierda, y por todos lados su olor. Si teníamos que enfrentarnos con él, lo haríamos. Eso finalmente no sucedió y pudimos surfear tranquilos.

Terminado el swell, salimos a navegar al sur de Kodial, donde encontramos y surfeamos  más de  7 olas , la mayoría de ellas eran puntas de derecha (buena cosa ya que en Chile toca surfear en su mayoría  izquierdas) y otros rocky breaks de muy difícil acceso, pero perfectos . Estuvimos más de dos semanas en tierras de indígenas inuits y osos, en donde surfear, alimentarnos y disfrutar del paisaje era en lo que pasábamos el día… ¡un completo paraíso!

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El Milo y su ballena

Luego de 3 semanas de vida salvaje y ya con el viaje “pagado” en experiencias , con Kepa decidimos coordinar con el fotógrafo Scott Dickerson para viajar en un nuevo boattrip al mando de Mike MCCune, en su embarcación de 58 pies, el Milo. La idea era viajar desde Seward a Homer, un tramo de 350 km. de costa, en el cual buscaríamos una mítica y ya surfeada ola frente al “Glaciar del Oso”.  El paisaje era similar al de Kodiak en fauna, pero se veía mayor abundancia de pinos y abruptas caídas de agua sobre húmedos valles. La expedición duró una semana, en donde nos tocó recibir una gran tormenta que, para sorpresa de todos, se fue y descubrió una punta perfecta de derecha en donde surfeabas una desembocadura de un río, que me recordó la punta de Buchupureo, en la región del Bío-Bío. La diferencia es que el agua venía con trozos de hielo del glaciar y que si no tenías un traje adecuado, no durabas más de 40 minutos. Para mi fortuna, Kepa llevaba dos trajes para condiciones de frio, uno era el Patagonia  R3 y el otro era el R4. Este último wetsuit es ideal para aguas hiper frías (entre 3 y 8° C); Kepa me prestó el R3 (perfecto para condiciones entre 8 y 12°C), con el cual disfrutaba sin problema de sesiones de surf cercanas a la hora y media.

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La ola era una derecha perfecta que regalaba tubos profundos y secciones maniobreras inolvidables. Disfrutamos de un surf tan rápido como la ballena jorobada que nos visitó durante aquella sesión. Solo la vimos quebrar perfecto para la marea más baja del día y luego nunca más. Fue en ese instante donde entendimos que habíamos sido afortunados y que en Alaska no se surfea cuando se quiere sino que cuando se puede.

La isla de Kodiak

Aquí  viven alrededor de 10.000 personas, en su gran mayoría pertenecientes a grupos de etnias inuit o esquimales. La economía de la isla tiene como motor principal la pesca de salmón, y se nutre de la visita de uno que otro crucero de turistas, similares a los que atracan en lugares de Magallanes como Puerto Natales. También se trabaja algo de ganadería, con más o menos éxito debido a la abundancia de especies depredadoras como los osos. Kodiak también destaca por ser uno de los pocos y recónditos sitios donde las fuerzas armadas norteamericanas tienen una base lanza misiles.

Agradecimientos

Willie Condon y Marcee Gray, de Sailwood Adventures, Ben Reader Y Mike “Skipper”, Scott Dickerson y Milke McCune, Kepa Acero.