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Tag Archives: Goleta

A Vela de Hoorn al Cabo de Hornos

Con este capítulo de Europa comenzamos con una serie de tres etapas de navegación, donde Cristian Donoso nos cuenta como unió Holanda y Chile entre 2012 y 2013. Con una selección de los registros de su bitácora, en esta ocasión nos cuentan de su viaje desde Hoorn punto de partida de su travesía, hasta Portimao.

 Texto y Fotos: Cristián Donoso

 

En un instante de la tarde del 24 de febrero, sentí una electricidad recorriendo mi cuerpo y erizando los pelos de mi piel. En ese instante, cuando navegaba en la goleta “Ladrillero” con viento Suroeste de 40 nudos, y con olas que se elevaban por sobre los 6 metros, finalmente asomaba el ansiado Cabo de Hornos en el horizonte, más allá de la jarcia y la proa.

Pasando cerca de los islotes Bascuñán, las olas montañosas a veces me ocultaban la vista del cabo, en toda su altura. Seguramente, en ese punto, algunas olas ya alcanzaban los 10 metros. A ratos, el velero se inclinaba violentamente, y sus mástiles parecían casi tocar la superficie espumosa de la enorme marejada. Un poco de vela de proa era suficiente para andar a siete nudos.

Con la llegada al “sepulcro del diablo” estábamos alcanzando el objetivo final del proyecto “De Hoorn a Kaap Hoorn”, consistente en unir a vela la ciudad de Hoorn en Holanda, con el legendario Cabo de Hornos, a cuatro siglos del descubrimiento del Kaap Hoorn, por parte de una expedición holandesa liderada por Willem Cornelisz Schouten, que tuvo su origen justamente en la ciudad de Hoorn. Por cierto, en términos menos eurocentristas, el Cabo de Hornos fue descubierto miles de años antes por los yaganes, quienes navegaban el archipiélago Hermite en frágiles canoas.

Saldo final: más de 16.000 km. de navegación, tres continentes, 14 países, 110 grados de latitud, y lo más bello que me ha dado la vida: mi hija Marina. Ella fue concebida en altamar, frente a las costas calcinadas del Sahara, mientras navegábamos entre centenares de tortugas. Cruzó el Atlántico antes de nacer, en el vientre de su madre. Esa es la historia épica del origen de mi amada hijita Marina, y de nuestro viaje épico de Hoorn al Cabo de Hornos, contada con extractos de la bitácora publicada en expenews.com, en tres capítulos: Europa, ,África y América. Comencemos, pues, con Europa.

Supersticiones
El domingo 9 de septiembre de 2012 zarpamos de Hoorn (Holanda) con las primeras luces del amanecer. Justo antes de despertar soñé que el yate encallaba en un bajo, en momentos en que intentábamos alcanzar el Mar del Norte pasando entre las islas que limitan el norte de Holanda. Como un auténtico hombre de mar, me dejé seducir por la superstición y cambié a último minuto mis planes. Zarparíamos hacia el sur, en demanda de Amsterdam, y no hacia el norte, como había sido mi plan original.
Llegando a Amsterdam, nos internamos por el Canal del Mar del Norte (Nordzeekanaal), que cruza por el centro de la ciudad.
Un primer obstáculo estaba a la vista: el Schellingwouderbrug, un gran puente de la autopista que conecta el centro de Amsterdam con la parte norte de la ciudad. Llamamos por canal 60 VHF, para que los controladores detuvieran el tránsito de autos y levantaran el puente. Luz roja para los autos, y luz verde para nosotros. El puente se levantó y cruzamos la autopista con nuestros altos mástiles sobrepasando el nivel de la calzada.
Luego entramos a una exclusa, donde nos amarramos a esperar que subiera el nivel del agua. Saliendo de la exclusa ya estábamos en pleno centro de Amsterdam. Pasamos frente a la Estación Central, eje de los anillos concéntricos que forman los canales de esta ciudad, conocida como la “Venecia del norte”.

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Durante una recalada, la tripulante Fabiola Torres conversa con una turista polaca en el salón de la goleta Ladrillero

En Trance
15 de septiembre. En apariencia nos estábamos alejando de la costa, ya que la proa apuntaba hacia el mar. Sin embargo, el GPS nos indicaba otra cosa. La fuerte deriva del viento y de la marejada, nos estaba empujando lentamente hacia la playa. Cazamos las velas todo lo que pudimos. Sin embargo, con ello no lográbamos revertir la situación. Viramos y pusimos proa al suroeste, pero la situación era exactamente igual.
Lentamente nos íbamos aproximando a la costa. A simple vista el efecto era imperceptible, pero el GPS no dejaba lugar a dudas. Nuevamente viramos al noroeste, luego hacia el suroeste, pero no parecía haber diferencia. La costa estaba perfectamente a sotavento, y ya comenzábamos a sentir el efecto de las rompientes sobre el casco.
No puedo decir con precisión durante cuántos minutos estuvimos en ese trance, ya que perdí toda noción del tiempo. Estábamos decididos a llegar hasta el final en la batalla por separarnos de esa costa, cuya apariencia era la de una extensa playa de baja pendiente. Nuestra última chance para salvar el yate sería levantar la orza retráctil, y caer hacia la playa de proa, a la mayor velocidad posible. Sin embargo, esa delicada maniobra no llegó a ser necesaria. El viento, para nuestra fortuna, comenzó a rolar tímidamente hacia el norte, lo que nos permitió comenzar a separarnos centímetro a centímetro de la costa, con las velas cazadas al máximo posible. Teníamos la proa hacia el oeste, pero nuestro rumbo era sur, por el poderoso abatimiento de que era objeto la goleta, por el fuerte viento y la corriente marina.

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La goleta Ladrillero navegando de Hoorn a Amsterdam por el Markermeer, una inmensa represa de agua marina ubicada en el centro de Holanda.

Fuera de temporada
20 de noviembre. El pasado lunes, a las 23:55, desamarramos del muelle de Camaret-sur-Mer, en Bretagne y silenciosamente avanzamos entre los yates, sintiendo el peso de una noche muy oscura. A nuestro andar, las luces de la costanera parpadeaban entre los palos, y la brisa acariciaba las jarcias como a las cuerdas de un arpa. A la salida del puerto, esa sinfonía monótona de cabos fue traspasada por el sonido agudo de un pito de contramaestre que nos llegó del yate de unos ingleses que habíamos conocido en la espera. Todos ellos nos esperaban en cubierta para despedirse de nosotros con frases de buenos deseos: ¡buena navegación, buenos vientos, feliz llegada, puerto!
Saliendo del puerto deportivo, pusimos proa al suroeste, esquivando las boyas de los pescadores. A poco andar, apagamos el motor y desenrollamos todas las velas, que se hincharon de inmediato con un vigoroso viento del norte, que nos llegaba de través, por estribor.
Un gran desafío se asomaba sobre la oscuridad de la proa: el cruce integral del golfo de Vizcaya, de norte a sur, en pleno otoño.
La extensa travesía del golfo de Vizcaya es muy temida por los navegantes. En él se desatan temporales extraordinariamente violentos. Los yates lo cruzan normalmente entre mayo y agosto. A partir de septiembre, las condiciones empeoran dramáticamente. Y por ello, en todas las marinas por las que pasamos nos advertían que estábamos fuera de temporada para cruzar. Más de alguno nos calificó de “locos”.

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Instalando el piloto de viento en el Puerto Deportivo de A Coruña, en Galicia. Atrás se ve un velero “fórmula 1” que quedó fuera de competencia en la regata “Vendée Globe”, al chocar de noche con un buque pesquero

Firmes al Timón
Atravesar el golfo de Vizcaya puede ser un infierno imposible de olvidar. Cuando el mar de fondo se hace contrario a los vientos dominantes, que pueden llegar a ser muy intensos debido a la canalización de masas de aire en la cordillera Cantábrica, se levantan marejadas enormes, con frentes de olas cruzadas, dando lugar a aguas confusas y muy peligrosas. Además en este golfo el océano pasa bruscamente de profundidades abisales de varios kilómetros, a profundidades que van sólo de cien a doscientos metros, lo cual fuerza a las corrientes marinas a subir a la superficie. Cuando estas corrientes se enfrentan a trenes de olas que vienen en sentido contrario -con viento norte, por ejemplo, que era nuestro caso-, se forman olas muy verticales.
Hacia la medianoche, el viento Este roló un poco al norte, y se incrementó peligrosamente, superando en ocasiones los 35 nudos. La enorme marejada de olas cruzadas sacudía con violencia el casco. Redujimos la superficie vélica a menos de la mitad, enrollando la génova, mayor y mesana. Aún así el yate a ratos se hacía difícil de controlar. Durante el andar era necesario corregir el rumbo con la caña, cada vez que el oleaje que nos alcanzaba por aleta.
Firmes al timón, y con algunas lluvias, sostuvimos un andar de 6 nudos. Avanzando la noche, el viento comenzó a bajar en intensidad. Al amanecer, soplaba suave del Este.
A la distancia ya podíamos distinguir la figura esbelta de la Torre de Hércules, un faro construido por los romanos en el siglo I d.c., el más antiguo del mundo aún en uso, que por casi 2000 años ha guiado a los navegantes al refugio de La Coruña, en esta otra Finis Terre.
Atrás quedaba la tierra del camembert, del croissant y del vino tinto… ¡había llegado el turno de las tapas, el pulpo a la gallega y la cerveza! El 24 de diciembre de 2012 estaríamos en Portimao, que sería nuestra última escala en Europa. Al zarpar, el 25, cerramos una etapa de experiencias y aprendizajes que nos acompañarían por siempre.