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En Cordillera Baguales: Castillos Australes

En todas las oportunidades que me permiten viajar hacia el norte de la comarca de Última Esperanza, pasando el tradicional cruce que nos dirige hacia el Parque Nacional Torres del Paine, y mucho más allá de las instalaciones de la antigua estancia Cerro Guido, siempre y de manera magnética se hace notar un cordón montañoso de aspecto agudo y color negro pizarra, que se sobrepone a las extensas pampas que la circundan, se trata de la conocida Sierra Baguales.

Texto y Fotos: Alfredo Soto

Muy importante para los indios tehuelches o aonikenk, la Sierra Baguales era un espacio que estos mismos indígenas aprovechaban, usando  las curiosas elevaciones que en su formación se transformaban en un potrero natural para caballos. Solitarios, vagaban por las pampas, escapados de sus domesticas fortificaciones españolas en los tiempos de la conquista del pueblo americano.
En otras oportunidades escalando cerros menores de esta provincia, siempre había un fondo en que la Sierra Baguales se me presentaba. Eso fue hasta que en conjunto con amigos y alumnos de la Universidad de Magallanes hice una convocatoria para poder contratar un vehículo y compartir el entusiasmo, para así poder viajar a estos sectores y explorar el área en época invernal. Esto lo hacía asumiendo que la bajada del río Baguales, tuviera una corriente disminuida por las bajas temperaturas.
El llamado tuvo el resultado siguiente: tres alumnos del Magister Antártico de la UMAG aparecieron, Eñaut Izaguirre, Diego Espinoza y Sebastian Ruiz, junto a el ex – alumno y ahora colega Javier Vivar, y por último Renato Méndez, un viejo amigo que ofrecía su vehículo  y con quien ya teníamos experiencias juntos en montañas de la Región.
Conseguimos salir al término de un día de trabajo, para dirigirnos hacia Puerto Natales y usar la ciudad como dormitorio y luego continuar de madrugada hacia los contrafuertes de la Sierra y explorar las posibilidades de hacer algún cerro. En el trayecto y como se presentaban las condiciones, nos fuimos entusiasmando y cambiamos los planes. Estando en las cercanías de la Estancia Cerro Guido, a oscuras, con terrenos nevados, y solo guiados por mi instinto decidí que nos quedaríamos cercanos a la ruta y esperaríamos por la luz del alba para ver hacia dónde dirigirnos. El vehículo amplio y confortable nos permitió acomodarnos y dormir en su interior; Javier que decidió armar su carpa inmediatamente fuera del vehículo.

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Eñaut Izagirre, entre coirones y viento blanco

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Descenso con sensación térmica muy baja y viento blanco.

Hielo y Magia
A la mañana siguiente despertamos por  el rigor del frío matinal; era una mañana de viento y con cóndores planeando muy temprano. Decidimos movernos hacia el río Baguales; al llegar a su orilla, nos percatamos que efectivamente su torrente estaba disminuido, pero con gruesas capas de hielo que no nos permitían dilucidar el fondo del mismo, como para lanzarnos en medio y cruzar con el vehículo. Luego de una minuciosa evaluación de las condiciones, todo quedó bajo la responsabilidad y criterio de Renato que era el dueño de la van. Nos encaramamos en el vehículo y cruzamos casi a ciegas, sin saber del fondo del río Baguales y así continuamos victoriosos por un camino poco transitado. Los guanacos corren por las pampas señalando la poca frecuencia de vehículos y personas como nosotros, que rompimos la monotonía del viento y de las luces mágicas del invierno avasallador.
Luego de unos 8 kilómetros al interior, vamos evaluando la entrada ideal hacia las montañas que quedaban directamente al Norte de nuestra trayectoria. Hasta que llegamos a una tranquera. Allí nos quedamos, a orillas del camino y armamos el campamento para posteriormente continuar hacia las elevaciones nevadas de pastizales de coirón; el día estaba muy frío y con nevadas intermitentes.
A medida que nos elevábamos, la temperatura se hacía sentir muy baja. Nos dirigimos hacia una cumbre innominada; caminamos entre pequeñas quebradas llenas de “voladeros” de nieve, aproximándonos hasta la base de una de las montañas elegidas del mismo cordón Baguales. Antes de entrar en la pendiente, de pronto, el viento arrecia, no se detiene, aumenta su furia y levanta mucha nieve, lo que nos hace devolvernos y refugiarnos detrás de una gran roca. Allí decidimos comer algo e hidratarnos, pero el viento arremolinado nos hace titubear y nos azota igual detrás de la gran roca. De pronto se tranquiliza y enfrentamos la pendiente.

Vendavales
El sol está bajo, pero estamos con mucho ánimo. Tanto Diego como Sebastián se adelantan y van abriendo la ruta entre firmes y no tan firmes rocas de basalto negro. Hacia el Valle y con grandes nubes comienza a abrirse el cielo…y nos percatamos del enorme escenario que nos esperaba. Estas mismas nubes se localizan en la cumbre de nuestra montaña lo que nos hace dudar cuánto nos faltaría; mis cálculos eran de unas dos horas más, pero se nos venía la noche y el frío y más viento. Llegamos a un peñón que sobresalía de la montaña y de allí un filo que se desviaba hacia el Este, dando un gran rodeo a la montaña…  lo que significaba demorar más de dos horas. Evaluada la situación, decidimos devolvernos y sentirnos alegres con lo explorado y la aventura, que ha estado envuelta en grandes vendavales de viento y nieve.
El retorno fue tranquilo, con algunas imágenes de la puesta de Sol que reflejaban las paredes de la montaña, dándole un tinte dorado a todo el sector. Ya de noche vamos descendiendo y vimos luces de una estancia que se encontraba muy cerca de nuestro campamento, sin habernos percatado en la subida. Ahora con sus luces podíamos darnos cuenta que estaba muy cerca.
Ya ubicados en nuestro campamento, algunos decidieron dormir en sus carpas. Yo me quedaría en la van, cambiándome de ropa y buscando más comodidad y confort. De pronto recibimos una visita: alguien que provenía de la estancia, un joven ovejero, nos invitaba a su morada a cenar. ¡No podíamos creerlo! Ya casi dispuestos a pasar una noche gélida en pleno invierno en un lugar remoto de la Patagonia, como viniendo de una galaxia extraña, se apareció este típico personaje, que nos invitaba a compartir su rancho.

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Cota alcanzada, 1.300 msnm, en un escenario ventoso y panorama inhóspito

Acogidos
Nos  apresuramos en cambiarnos de ropa, y nos dirigimos hacia esta pequeña casa que poseía las comodidades mínimas. Al entrar nos recibe muy amablemente Roberto y su señora, quienes habiéndonos vistos antes, en el momento que subíamos, se dedicaron a prepararnos una cena. Nos sentimos muy  bien acogidos, sentados alrededor de la mesa; Roberto y su mujer nos enfrentan a una enorme olla con un estofado de carne,  jugosa, mezclada con papas, cebolla y pan casero recién salido del horno. Parecía extraño recordar que hacia pocas horas estábamos parapetados detrás de una gran roca, vapuleados por el viento que nos golpeaba el rostro con la nieve recién caída y ahora, en cambio nos mirábamos sin la protección del vestuario, conociendo la solitaria vida de estos jóvenes estancieros, y deleitándonos de su contundente cena.  La noche avanzo y entre carcajadas y buenos vítores de la vida nos despedimos y nos refugiamos en nuestro campamento no sin antes recibir la invitación cordial a tomar desayuno al día siguiente.
Y así luego de lo comprometido, bien desayunados y sin dar más de bien atendidos, armamos nuestro retorno y nuestro buen Roberto nos pide un favor: si teníamos un espacio para llevarlos a Puerto Natales. Eso fue una gran oportunidad de sentirnos más agradecidos de su hospitalidad: Roberto se nos convirtió en un excelente guía.
Fue una aventura dura, por el frío y las nevadas, agotadora en la lucha del ascenso por el viento, pero gratificante, cálida y generosa por su gente, que vive en la inmensidad de las pampas, aislados a veces sin posibilidad de socializar. Salvo en veces contadas, como ocurrió esta vez fortuita para Roberto y su esposa con nosotros, un grupo de amantes de la naturaleza que se hizo más amigo y  a la vez conocedor de su propia tierra y gente maravillosa.

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