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Cómo sobrevivir  11 días a base de ski en Alaska

¡No todo es nieve en la vida! Ya me lo han dicho, pero ese no era el caso cuando estábamos a 75 kilómetros de la civilización, en medio de un glaciar cubierto por 10 metros de nieve compacta, rodeado por infinitos cordones montañosos con murallas de nieve de hasta 60 grados de inclinación. En ese momento, la nieve sí tiene un importante rol en tu existencia, si no el más importante.

Texto: Chopo Díaz

Fotos: Claudio Vicuña y Drew Tabke

 Backcountry en Glaciar Bey

Nada como despertar en tu carpa, salir y ver ese blanco infinito que solo se transforma con la aparición de alguna grieta o de alguna sombra, que poco a poco se levanta y rehúsa a descolgarse de las rocas de las montañas, ¡qué lindo! Después de unos rápidos estiramientos, derrites nieve para tomar un tecito.

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A veces se te olvida dónde estás; mientras desayunas miras con ansias esas líneas que te gustaría bajar, esa y la otra, y esa que le pega la luz del sol y que se ve tan bien desde donde estás parado, con cara de tonto, soñando y con la boca abierta. Pero te dan ganas de ir al baño y buscas las herramientas (pala y confort)… allá está el muro que construiste cuando llegaste hace varios días y que le hace falta una mantención. Y mientras estás ahí, mirando al piso y soñando con esas líneas, que a lo mejor nunca podrás hacer, levantas la vista y no puedes creer el panorama desde tu baño y te emocionas, ¡qué suerte!, das gracias a algo que no sabes lo que es, pero le agradeces de verdad, con toda sinceridad como si hubiera alguien ahí escuchando tus pensamientos.

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La marea del glaciar

No puedes creer el sol que hay en el cielo y que siendo Alaska no haya ni media nube que amenace con cubrirlo. Preparas el material -que no es poco-, los guantes, el casco, las antiparras con la mica de reserva, la pala y la sonda, los anteojos, el factor solar, la motorola, la Drift y sus cachivaches, los chocolates y el trail mix, la botella de agua con Nun, te cercioras de que el ARVA tenga pilas y te lo pones;  el télefono satelital, las pieles (con cera), los bastones. Las botas están húmedas porque ayer se mojaron harto y no se secaron, pero ya no hace tanto frío así que te las pones sin alegar.

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Cada día tenía lo suyo, algunos te despertaban con copos de hielo golpeando la carpa desde afuera y no te movías del saco. Otros no alcanzabas a bostezar y ya estabas, pensando en el té con leche y en los huevitos con tocino. Y ahí estaban las líneas, inalcanzablemente cerca.

Y como el tiempo pasa, la temperatura cambia y la nieve cambia;  todo se transformaba de un día para otro y el glaciar se convertía en un nuevo lugar, diferente al de ayer: casi como en el mar con la marea, la nieve tenía su propio ciclo, el calor del día y el frío de la noche, las nevadas también hacían lo suyo en todo este ciclo de constante cambio.

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Pero a pesar de todo aún teníamos los pies en la nieve. Drake el piloto del Cessna, pasó a ser nuestro máximo Dios, amo y señor de nuestro destino. De él dependía nuestra existencia en ese momento y a él le debíamos plena fe en sus predicciones del clima basadas en los diferentes forecasts de la web, que se contradecían unos con otros con el impredecible clima de Glacier Bay National Park.

 

La última jornada

Día 11, miramos el cielo en busca de nuestro Dios, afinamos el oído para tratar de escuchar los bajos del motor. La llegada de una tormenta de varios días era altamente probable en las próximas 24 horas y teníamos que abandonar el glaciar si queríamos salvar el pasaje de vuelta a Seattle. El viaje se terminaba y grandes cosas se habían concretado, así como también pequeños proyectos, ideas furtivas y grandes anhelos quedaban definitivamente inconclusos. Una ligera nostalgia flotaba entre las ruinas del campamento mientras llenábamos los bolsos con las últimas cosas. Drake en su Cessna azul aparece volando detrás de una de las montañas y se pone una maniobra radical en frente de nuestros ojos, no estaba loco simplemente estaba haciendo “a couple turns” para apalear la falta de ski por el exceso de trabajo, de tantas horas , sobrevolando las montañas de Alaska.

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Cada día tenía lo suyo, algunos te despertaban con copos de hielo golpeando la carpa desde afuera y no te movías del saco. Otros no alcanzabas a bostezar y ya estabas, pensando en el té con leche y en los huevitos con tocino. Y ahí estaban las líneas, inalcanzablemente cerca.

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Sobre el transporte: Se viaja en avión a Seattle, WA; luego al norte en avión a Juneau, AK y se concluye con ferry a Haines, en Alaska. Desde el aeropuerto puedes contactar a Fly Drake  www.flydrake.com/ y con él vuelas a donde tú quieras. Ojo con las ballenas en el ferry, ¡están por todos lados!

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