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Columna: Crónicas de una neófita

Tuvieron que pasar  32 años para darme cuenta que mis intereses estaban cambiado. La verdad es que las luces de colores, la música fuerte y el buen sour ya no se sentían de la misma manera.  Preocuparme por el color del esmalte de mis uñas, irme de shopping el fin de semana, comer pastas en un rico restaurant de Santiago un sábado por la noche, comenzó a parecer bastante aburrido.

Magdalena Santa María.

Elevando los Pies de la Tierra
Comencé a sentir demasiada energía que necesitaba salir. Mucha rutina, excesivas horas de trabajo y algo de estrés acumulado y la rueda seguía. Algo me estaba diciendo que hay un mundo allá afuera.

Fue así como comencé a necesitar sentir nuevas experiencias y  a pensar a que cosas le temía  y claramente no quiero llegar a los 60 años, mirar hacia atrás y preguntarme ¿Qué hice?, ¿para qué? Y darme cuenta que el tiempo no lo había aprovechado, que realmente no había “vivido”.

Así que me pregunte… ¿y si me llevo un poco más al límite?

Siempre quise despegar un poco los pies de la tierra, hasta mi signo zodiacal es tierra, pero el cielo siempre me ha llamado la atención. A veces lo que nos llama la atención también nos atemoriza, aunque supongo que seríamos unos irresponsables de no sentir algo de miedo frente a algo que no conocemos y además sin sentir con la guata ¡nada tiene sentido!

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Creo que tampoco me di el tiempo de pensarlo, cuando ya me vi llegando a las Vizcachas, subiendo por un camino algo complicado con los ojos cerrados, tensa y diciéndome a mi  misma: ¿en qué momento se me ocurrió esto? No me di cuenta cuando el instructor me estaba poniendo el arnés y explicándome: corremos hacia adelante, corremos hacia atrás, volvemos a correr hacia adelante y despegamos. Sonaba a demasiada información para un momento en que daría un salto al vacío. Bueno quizás suena algo exagerado… ¡Pero eso pensé!

Según mi percepción me tome mí tiempo; entre nosotros, pensaba cómo podía bajar caminando por ese cerro y como llegaría 1.585 días después,  con la cabeza gacha y con una corona de humillación.  Así después de ese largo tiempo de análisis, una frase del día anterior me hizo sentido “live life Paula”. Recuerdo decirle al instructor “ahora o nunca” y realmente fue mágico cuando mis pies se despegaron de la tierra, cuando sentí como suavemente me deslizaba por el cielo, ¡la vista era increíble!

Admito que mi cuerpo siguió estando tenso por bastante rato, mis manos no se atrevían a soltar el arnés, hasta que pregunte: ¿puedo abrir los brazos? Y creo que ese fue el momento en que realmente me di el espacio de sentir, de vivir.

Claramente el rol de Enrique (Instructor) fue lo que me ayudo a relajarme, a sentir el viento, la suavidad del vuelo; prácticamente rozábamos los árboles.  Aún de vez en cuanto cerraba los ojos por miedo, pero era cada vez menos. Y claramente la corona era de orgullo, me sentía grande, total, ¡máxima!

El parapente ha sido un  punto de partida en mi vida, un punto de partida para atreverme, para desafiarme, y para saber que sentir miedo no es algo malo, para darme cuenta que atreverse deja una sensación de orgullo, y que lo que se ve como imposible nunca lo es.

Alguien me pregunto cómo llegue a esto, que contará un poco de ese camino, pero la verdad es que fue de un momento a otro, siempre he creído que las mejores decisiones son las que se toman rápidamente, cuando lo vas pensando tanto muchas veces el tiempo pasa y no concretas.

Supongo que el mundo está lleno de personas que al igual que yo van descubriendo intereses cuando ya somos algo más adultos (suena raro decirlo); para mí estar en ese lugar fue mágico, ver a todas estar personas con tanta pasión por lo que hacían, con esa relación constante, medio pachamámica con la naturaleza… ¡llegó a ser tan atractiva! Pasó a ser uno de esos momentos que, cuando los recuerdas, llenan tu cara de risa. Tus recuerdos te hacen vivirlo  y sentirlo todo de nuevo.
Solo sé que llegue abajo y dije: ¡otra vez!

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