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Rumbo al Cordón Cristal

La región de Aysén cuenta con muchos lugares poco explorados. Este es el caso del Cordón Cristal, un lugar con glaciares, paredes y hielos milenarios.  


Texto: Javier Galilea / Fotos: Marco Poblete

Soy de Coyhaique, tengo 26 años y desde hace 10 años me dedico al andinismo. Con mi cordada Marco Poblete siempre salimos a la montaña. En la región de Aysén existe poca información sobre algunos valles de montañas y como no hay mucha gente a quien preguntarle, lo que hacemos es exploratorio.  

Hacía tiempo que con Marco estábamos tratando de coordinar una salida al cerro. En esa espera, los primeros días de diciembre se abrió una buena ventana en toda la región, por lo que nos pusimos en contacto inmediatamente. ¿Dónde ir? La ventana, las condiciones y las fechas daban para mucho, tanto así que una mala decisión podría ser la funa perfecta de nuestra anhelada salida.  

Con las temperaturas altas para una ruta mixta, pasados de fecha para intentar algo con buen hielo de fusión, nos quedaban dos opciones claras: algo con hielo alpino o derechamente comenzar la temporada de roca. Entonces recordé un viejo proyecto que el mismo Marco me había planteado tiempo atrás ¿qué pasa con la Sureste del Cordón Cristal?, pregunta enérgica para una respuesta decidida, ¡vamos! Ya teníamos objetivo.

Este cordón queda sobre Puerto Cristal, un pueblo minero muy antiguo que fue abandonado en los años 80. Queda a orillas del lago General Carrera y para llegar a este lugar lo mejor es hacerlo a través del lago. Con la motivación a tope partimos entonces a comprar lo necesario y contactamos al propietario de una embarcación que nos daría el importante apoyo logístico para cruzar el lago General Carrera.

¡La mochila!

Al día siguiente, ya nos encontrábamos navegando desde Puerto Sánchez a Puerto Cristal. Tardamos una hora, desembarcamos y, de paso, conocimos un poco más de aquel antiguo pueblo minero abandonado, con aires de Humberstone. El pueblo ha sufrido los embates del viento que ha deteriorado las casas hechas con madera, piedra y cemento dándole un aspecto fantasma. Dentro de las construcciones se encuentran herramientas, libros y pizarras con escritos de mitad del siglo 19.

Ya en los últimos ajustes de las mochilas antes de partir al Cordón del Cristal, me dispuse a echar la comida y le pregunté a Marco dónde la había guardado

– ¿La comida? -Respondió, me quedó mirando y siguió ordenando sus cosas.

–  ¡Marco! ¿la comida? ¡No sé!

– ¿No la echaste? ¿No habrá quedado en bote?

Miré alrededor, pero solo conseguí ver mi mochila y la de Marco, nada más.

Entre tropiezos y con el estómago apretado salí con agilidad creyendo que aún existía la posibilidad de que estuviera en el bote. Me dirigí al muelle mientras aleteaba para detener el bote que ya comenzaba a zarpar.  Logré subirme, pero no encontré nada.

Sabiendo que era mi responsabilidad sacar la comida de la camioneta y cargarla en el bote, volví con la cola entre las piernas a enfrentar a Marco.

– No había nada –mi compañero me miró y movió la cabeza acompañado de un gesto que me hizo entender lo grave de la situación, y continuó arreglando la mochila con calma.

– ¡Marco! ¿Qué hacemos?

– Nada, qué vamos a hacer, ir con lo que tenemos. Yo guardé mis raciones de marcha, aquí las tengo.

Impresionado por lo preparado de mi cordada observé su comida. Con lo que tenía estaba claro que íbamos a pasar hambre durante tres días.

Para nuestra suerte, no todo estaba perdido. Puerto Cristal pertenece la familia Casanova que trabaja el patrimonio turístico de lo que fue la mina. Fui a hablar con ellos y, tras una amena conversación y un exquisito desayuno, les contamos sobre nuestro problema. A pesar de lo aislado del lugar y que les llegaban clientes ese mismo día, nos ayudaron con lo que estuvo a su alcance.

Con esos víveres logramos armar dos de las tres cenas presupuestadas, sumado a algo de pan amasado, queso y mate. Esa sería nuestra dieta. El panorama se comenzaba a volver más alentador.

Hacia la pared

Partimos caminando por antiguas sendas mineras dando la pelea contra los tábanos. Al cabo de tres horas los ánimos cambiaron completamente cuando vimos al imponente coloso, la montaña que tanto imaginamos. Asombrado por lo alucinante de la pared, observé a mi compañero y vi su rostro que guardaba una completa sincronía con todo el tiempo que llevaba estudiando este proyecto e ideando el plan maestro, algo que sin duda caracteriza las exploraciones de Marco.

Tras algo más de cinco horas de aproximación, nos encontramos montando nuestro vivac a los pies del cordón, en un vallecito muy cómodo a la salida del glaciar. Esperando que se cocinara nuestra escueta cena, comenzamos a analizar las posibles rutas. La montaña daba para regodearse en estilos y dificultades. Tras unos minutos de soñar volvimos a la realidad, nos centramos en el equipo y nos preguntamos ¿qué alcanza con esto? Eran tres estacas, ocho tornillos, un juego de siete stoppers, tres clavos y seis runners.

Con el equipo que teníamos, la única ruta que podíamos subir en la pared era la misma que había propuesto Marco cuando habíamos observado el macizo desde una foto que teníamos, que había sacado Marco hace unos 4 años y desde doce kilómetros de distancia con un zoom digital.  

Al día siguiente salimos muy temprano, sabíamos que la mitad inferior de la vía escogida era vigilada por un enorme glaciar colgante con seracs (bloque grande de hielo fragmentado por grietas) amenazantes. Escalar de noche y rápido era nuestra opción.

Salimos a las 03:30 de la mañana y, como es típico de los primeros días de verano en Patagonia, a eso de las 5:30 el sol comenzó a alumbrar y con ello lo evidente… partía la carrera por remontar rápido la parte inferior y salir de la línea de seracs. Tres largos escalados nos dejaron en lo que creíamos era el crux de la ruta, un tapón de algo más de un largo con pasadas de hasta 80º. Marco pidió el turno, me costó entregar la punta, pero, recordando la cuenta pendiente de la comida, no tuve más opción que cederlo.

Mi compañero resolvió escalando certero y muy seguro. Habíamos pasado lo más difícil. Escalamos un par de largos más y cuando la pendiente se tumbó un poco, salimos en ensamble hasta el esperado collao. Este punto ya era conocido para Marco, que un año atrás  había estado en el mismo lugar por una ruta diferente. Gracias a esto, nos ahorramos las trepadas de falsas cumbres y dar bote en el tramo superior.

Nos sacamos lo crampones y recorrimos una cómoda arista que dividía la pared sureste de una deshidratada cara noroeste. A ratos trepando y a ratos caminando, tras unos 40 minutos, Marco grita: ¡CUMBRE!

Ya en el punto más alto, nos abrazamos y disfrutamos uno de esos privilegiados días sin nada de viento ni nubes, de esos que se dan dos o tres veces por estación. Gozamos de un hermoso escenario con vista a los grandes macizos de la región, destacando en segundo plano el San Valentín y cordillera de Castillo, mientras sobre nuestras narices teníamos las Torres del Avellano y las montañas del Valle del Miller.

Después de un buen descanso comenzó otra misión muy distinta, la de volver a nuestro vivac. En un día radiante comenzamos a buscar nuestra línea de rapeles, trabajo que no fue trivial, puesto que algunas atascadas de cuerda hicieron sacar nuestra mejor performance de pasos en mixto para volver a recuperarlas.

Ya en la seguridad del campamento, recordamos los largos escalados y llegamos a la siguiente conclusión: 600 mts, D, AI3, 60º. Segundo ascenso absoluto del Cordón Cristal y primer ascenso de la Pared Sureste.  

La montaña tiene buenas posibilidades, vale la pena y el esfuerzo de  visitar este lugar. Además, posee un paisaje soberbio dominado por el gran lago General Carrera.  Historia, cultura y deporte hacen de este spot algo impresionante.

Es necesario agradecer el permiso y apoyo de la familia Casanova, que nos dejó entrar por su propiedad. Destacamos a su vez el enorme trabajo y labor de mantener viva la historia de Puerto Cristal, poniéndola en valor con una propuesta de turismo sustentable muy interesante.

No me queda más que agradecer a quienes apoyan día a día mi motivación y proyectos, Mountain Hardwear y SUDA outdoors.

Extiendo también mis agradecimientos a Marco, por sus incesante inquietud de descubrir y explorar nuevos sectores. Él me ha invitado a ser parte de proyectos como este. Me ha mostrado una veta de la montaña que, hoy por hoy, se guarda solo para los más motivados, esos que van de cabeza a un proyecto sin saber si el río de Google Earth se podrá atravesar o si el intento se verá frustrado por un bosque en el que tus pies no tocan el suelo, o simplemente porque le erraste al material para escalar una pared de la que no existía referencia alguna.

 

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