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Expedición a Más Afuera.

Un grupo de deportistas se embarcó en una aventura para ir a explorar la isla Alejandro Selkirk, surfear olas que nunca fueron surfeadas e intentar sacar muestras de una planta desconocida a la que solo podría accederse mediante la escalada de una pared vertical.

Texto: Patricio Mekis

Por lo general, es difícil familiarizarse o querer algo que uno no conoce. Creo que nos pasa lo mismo con el medio ambiente, la naturaleza o lo simple de la vida. Me ha pasado esto con el mar, la montaña y cuando disfruto de la naturaleza en su estado natural, tal cual es. Cada momento que uno tiene en contacto con la Pacha Mama, hace valorarla más y darse cuenta de que no tenemos por qué alterarla o destruirla sino que protegerla para las futuras generaciones. Creo que este concepto se ha perdido en los últimos siglos y que la sociedad está remando en sentido contrario.

Hace un par de años, con mi hermano Federico y mi primo Lukas teníamos ganas de conocer la Isla Alejandro Selkirk, antiguamente llamada “Más Afuera” y que forma parte del Archipiélago Juan Fernández. Esta pertenece a nuestro territorio y está a más de 700 kilómetros de Valparaíso inserta en la mitad del Pacífico. Fue descubierta por los navegantes y piratas en 1600, fue una cárcel, lugar donde se escondieron tesoros y guarda una alucinante e increíble historia de aventureros que la poblaron.

Actualmente, Más Afuera es ocupada por una maravillosa y unida comunidad en torno a la pesca artesanal de langostas. Es un grupo pequeño de pescadores y sus familias que durante los meses de la temporada de pesca, viven en Selkirk extrayendo sustentablemente este preciado crustáceo. Durante 120 años, esta comunidad ha trabajado la extracción de manera sustentable. Han definido una talla determinada para poder sacar la langosta y si no cumple con la medida, la devuelven al mar para que siga creciendo. Este es un pequeño ejemplo de cómo ellos, en comunidad, cuidan sus recursos porque saben que es la única manera en que pueden seguir conservando su medio de subsistencia como lo han hecho por todos estos años. Son todos pescadores artesanales independientes que a diario dialogan con el poderoso océano Pacífico como trabajo. Esta conexión con el mar y esta isla es la que los ha marcado y los hace quererla y protegerla. Ellos no tienen y no les interesa la pesca industrial porque saben que acaba con los recursos.

Una isla mágica

El archipiélago Juan Fernández no es solo riquísimo en fauna marina. Las islas Robinson Crusoe y Selkirk son una joya en términos de flora endémica, es decir aquella flora que no existe en ningún otro lugar del mundo. Actualmente, muchas de estas especies están amenazadas por las especies invasoras o introducidas como por ejemplo la mora, maqui, murta, conejo o chivos.

Formo parte de un grupo de aventureros conscientes de querer ser el puente para que más gente tome conciencia y ayude con la preservación de este diamante chileno. Así es como nació la idea de conocer esta increíble isla, buscar olas que no se han surfeado antes, plantas que están en extinción, desconocidas y también vivir la aventura de conocer ese lugar tan aislado. Fue entonces que partimos un grupo de surfistas, escaladores, el alcalde de la Comuna Felipe Paredes, guardaparques de Conaf y miembros de la ONG Oikonos en esta entretenida misión.

Llegar a Selkirk es muy difícil y costoso, requiere de una logística y coordinación de vientos y mareas. Después de muchas horas de vuelo llegamos a Juan Fernández donde nos quedamos una noche. Al día siguiente zarpamos rumbo a Selkirk y tras una noche completa de navegación, nos encontramos al amanecer con Más Afuera, una isla imponente con sus gigantes acantilados y quebradas que nos quitaron el aliento. Nos recibió en gloria y majestad con un tremendo día de sol, sin viento. Logramos surfear por primera vez este lugar. Encontramos una increíble derecha de 2 a 3 metros, color turquesa con fondo de bolones de piedra y con lobos que surfeaban estas maravillas. Creo que va a ser difícil olvidarse de esas olas, el color del agua, la geografía del lugar y la felicidad de nuestro pequeño grupo de amigos.

Nuestro segundo día en la isla continuó con otro día increíble de olas y goce, sin embargo, uno puede pasar del paraíso a la dura realidad en solo un segundo. En una caminata de vuelta de las olas hacia una bahía donde almorzaríamos pescado asado para celebrar, Mateo Barrenengoa integrante de nuestro grupo, se cayó arriba de unas rocas y se fracturó su rodilla, tobillo y dedos del pie. En ese minuto, nuestro viaje cambió y nos hizo darnos cuenta de lo insignificante que somos y de lo cuidadosos que debíamos ser. Por un tema de logística y condiciones climáticas, nos íbamos a demorar al menos cuatro días en llevarlo a un centro asistencial. Pudimos controlar la situación y mantenernos en la isla un par de días más para cumplir nuestros objetivos. La comunidad local nos ayudó a cuidar a Mateo, alimentarlo de mucha langosta y vidriola, para que pudiéramos continuar con nuestra expedición.

En búsqueda de la planta perdida

Ahora debíamos enfocarnos netamente en buscar una pequeña planta que estaba en una quebrada al otro lado de la isla, en una pared vertical a unos 50 metros de altura. Esta planta fue avistada por Ramón Schiller, Jefe de guardaparques de Conaf hace unos 8 años pero no habían podido alcanzarla por la dificultad del terreno. Nuestro objetivo era llegar a la planta para tomar una muestra, llevarla al Museo de Historia Natural para ver si se trataba de una nueva especie o alguna que se pensaba que estaba extinta.

Para ello nos acompañó Erick Vigouroux y Lukas Mekis, tremendos escaladores, quienes tenían la misión de armar una ruta en la pared. Como todo en Selkirk, llegar a la base de la pared donde estaba la planta fue toda una odisea. Después de mucho trabajo logramos armar campamento junto a miles de lobos marinos que viven en ese sector de la isla. Desde ahí podríamos acceder a la quebrada del Tongo para escalar hasta la base de la pared vertical. La lluvia y una tormenta que se aproximaba nos fueron acortando los tiempos para que Erick pudiese subir hasta la planta. Logró llegar a solo cuatro metros de ella y le sacó fotos.
Una de las decisiones más difíciles del viaje fue dejar la misión hasta ahí. Rozamos el objetivo pero el bote que podría llevarnos de vuelta y asistir a Mateo nos esperaba en la caleta y debíamos partir antes del fuerte temporal que se avecinaba.

Cuando volvimos a la caleta, las caras de todos eran de frustración, pero a la vez de una tremenda felicidad. Habíamos logrado llegar ahí y salir todos juntos sanos y salvos. Según las fotografías, la planta efectivamente no es común y puede ser una especie no identificada que ha logrado sobrevivir en esa pared sin extinguirse.

Es difícil explicar en palabras lo que se vive en Selkirk, su geografía es tan impactante como sus olas, flores, aves y peces. Es un lugar tan inaccesible que por lo mismo se mantiene puro. Tiene olas tan bonitas que te dejan pegado por horas. Tiene gente tan única y linda que dan ganas de quedarse. El lugar es tan prístino que tenemos que protegerlo. No podemos esperar que “alguien” lo haga, somos nosotros quienes debemos tomar la iniciativa y preservar estos ecosistemas.

En el Archipiélago de Juan Fernández existe una comunidad consciente que trabaja a diario para preservar este lugar. Ellos saben cómo hacerlo y son a ellos quienes debemos motivar y apoyar para que sigan con esta labor. (ONG Juan Fernández y desventuradas). Este es un tesoro que debemos preservar para nuestros hijos.

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