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Desierto Florido: Tesoros Escondidos

Dos pequeños pueblos distantes a 250 kilómetros uno del otro tiene mucho en común. Ambos están en el centro de las mayores expresiones del desierto florido y ambos han luchado contra megaproyectos altamente contaminantes: la termoeléctrica Castilla y la mina Dominga. Desde Totoral en Atacama y Choros en Coquimbo, se puede acceder a los lugares con mayor diversidad de flores del desierto.

Texto: Ana Campos.
Fotos: Luis Arnaboldi, Teresita Cox.
Ficha técnica flores: Rosario García de la Huerta.

Paraíso entre valles

Cuando en agosto las flores empezaron a tapizar el desierto de Atacama, decidimos ir a admirar este espectáculo que prometía ser el más esplendoroso en décadas. Sin embargo, no era fácil decidir el lugar ni la fecha, las flores tienen sus tiempos y no todos los suelos florecen de igual forma ¿dónde y cuándo ir?
Un whatsapp que llegó de improviso nos dio la clave. Un familiar nos entregaba una primicia: En el pequeño poblado de Totoral se inauguraban unas cabañas y nos dijo que esa localidad se había convertido en el centro del desierto florido. Reservamos una cabaña, compramos los pasajes en avión a Copiapó, arrendamos un auto y partimos a principios de septiembre a nuestro destino.
En el aeropuerto de Copiapó nos esperaba la primera sorpresa. Se les habían agotado los autos y el rent a car nos entregó una flamante camioneta cuatro por cuatro. La suerte nos sonreía.
Del aeropuerto, que queda a pocos kilómetros de Bahía inglesa, nos fuimos hacia el sur por la ruta de la costa que pasa por las playas más lindas de Chile y que muestran también lo más feo de nuestro país, la falta de protección y planificación. Maravillas como Barranquilla y Puerto Viejo, extensas playas blancas con aguas transparentes, hoy se ven invadidas por tomas ilegales, basurales y un absoluto abandono de parte de las autoridades. La única que se salva es Playa la Virgen que tiene una entrada privada.
La mañana estaba fría y nubosa y si bien en la costa había flores, no se parecía en nada a los extensos prados coloridos que mostraban en fotos y noticias. Íbamos algo decepcionados hasta que nos encontramos con la segunda sorpresa, el pueblo de Totoral, entre la caleta del mismo nombre y la Ruta 5.

Totoral, con sus construcciones de barro y totora, lucha por mantenerse en pie.

El pueblo, de dos calles y unos cien habitantes, nos sorprendió por sus construcciones centenarias de barro y totora. Aunque muchas casas están abandonadas, hay otras que luchan por mantenerse en pie. Al medio del pueblo está el restorán de Alicia, una gran construcción de barro. La familia de Alicia es de las más antiguas de Totoral e incluso la calle principal lleva el nombre de un antepasado. Ella es la dueña de las cabañas que dan hacia una quebrada. Allí, tenía viñas y olivos, pero el aluvión se llevó todo menos el olivo que, según ella, tiene más de quinientos años. El enorme árbol resistió los embates del agua que no pudo doblegarlo. Alicia nos contó que ese pueblo fue fundado en 1600 y tuvo su momento de esplendor cuando abastecía a una mina cercana. Ahora los jóvenes se van a la ciudad y la mayoría no regresa.

El secreto del león.

Después de instalarnos en una cómoda cabaña, Luis, el encargado, nos entregó el primer secreto: dónde encontrar la garra de león. Luego, durante la comida, conocimos a un geólogo y su mujer que ocupaban la otra cabaña. Ellos habían recorrido toda la zona y nos entregaron el segundo secreto: dónde se encontraba la mayor diversidad de flores de todo Atacama. El lugar se llamaba Ligas Negras. Ninguna de las dos direcciones era fácil de seguir, no había letreros, y sólo se podía llegar contando las curvas y kilómetros.
Con estos dos datos iniciamos nuestro recorrido. La quebrada donde nos indicaron que estaba la garra de león se encuentra a pocos kilómetros de Totoral donde se bifurca el camino hacia la costa. Dejamos el auto y nos internamos por la quebrada repleta de flores de todo tipo. Anduvimos cien metros cuando aparecieron las garras de león. No eran una, eran decenas. Caminábamos mirando hacia abajo cuando escuchamos un ruido ronco y fuerte que venía desde el cielo. Levantamos la vista y vimos cómo, desde la cima del cerro vecino, tres guanacos vigías nos espiaban y se comunicaban con rugidos con su manada.
Volvimos hacia el camino, nos subimos a la camioneta e intentamos seguir las instrucciones de nuestro amigo geólogo para tomar la ruta hacia Ligas Negras en las cercanías de la Hacienda Castilla. La única referencia era una planta procesadora de sal. Desde allí, había que andar seis kilómetros y ubicar el camino. Hicimos varios intentos, pero no dábamos con la ruta, íbamos y volvíamos contando los kilómetros hasta que vimos un pequeño letrero en el suelo. Decía Ligas Negras. Fue como haber encontrado un tesoro.

Leontochir Ovallei (garra del león).

Entramos por un pequeño camino hacia la cordillera y anduvimos muchos kilómetros en que solo vimos prados verdes hasta que, de pronto, los cerros comenzaron a cambiar de color. Cerros amarillos, rosados, blancos fucsias… Las flores tejían mantos interminables de los más variados tonos. A medida que nos adentrábamos se hacían mas variadas las especies hasta que llegamos a una quebrada donde parecían confluir todas las flores del desierto. Nunca habíamos visto algo igual. Allí había patas de guanaco, amarillas rastreras, malvitas o cristarias, etc. La vista se perdía por esta quebrada multicolor que ni el más afamado paisajista sería capaz de replicar. Anduvimos alrededor de una hora y media atravesando la montaña, parando, sacando fotos, subiendo y bajando cerros sin más compañía que el viento y los pájaros. Cuando caímos en el plano, nos topamos con varios arrieros que habían subido en camiones a sus animales. Con mucho pesar vimos como las cabras, ovejas, alpacas, vacas y caballos comenzaba a arrasar con campos de flores. Nuevamente pensamos en la escasa protección que existe hacia nuestros recursos naturales y la nula conciencia sobre cómo proteger lo que nos hace únicos.
Regresamos a Totoral por la carretera y al día siguiente recorrimos otras planicies. Fuimos al camino costero para disfrutar de las playas blancas y despobladas del parque Nacional Llanos del Challe. En las quebradas entre Totoral y el Parque encontramos más garras de león. Terminamos el recorrido con un merecido baño en Playa Blanca frente al centro de información del Parque.
En la noche, durante la cena, conversamos con algunos pobladores de Totoral que nos relataron su lucha contra la Termoeléctrica Castilla que pretendía construirse en las proximidades del sector.
-Fue la lucha de David contra Goliat , y vencimos. En lugar de flores hoy estarían viendo cenizas- dijo uno de ellos. Nos alegramos de que hubiesen ganado la batalla.
El viaje nos abrió el apetito. Volvimos a Santiago con ganas de ir buscar más flores.

Escudos de espinas

Una semana después decidimos ir a conocer las flores en los alrededores de Punta de Choros. Esta vez, tomamos el auto desde Santiago para recorrer desde La Serena hasta la reserva Pingüinos de Humboldt.
El camino entre la ruta 5 y Punta de Choros presentaba la floración de la costa en plenitud, prados con patas de guanaco, añañucas amarillas, manzanillones y nolanas. Cuando llegamos al pueblo de Choros, ubicado a medio camino entre la ruta cinco y Punta de Choros, nos dieron un dato. “Vayan hacia los cerros, a la majada del Pachuño. Saliendo del pueblo tomen el primer camino a mano izquierda e intérnense en los cerros”. Preguntamos si no sería mejor seguir por la costa, pero nuestro informante fue enfático.
-Nunca verán algo igual- dijo.
Decidimos saltarnos la costa y le hicimos caso sin mucha convicción. Antes de partir recorrimos el pequeño poblado, de casa de adobes de muchos colores y huertas de olivos. La igleisia, construida en 1620, tenía sus puertas abiertas y aprovechamos de visitarla. En el pueblo hay dos casas restauradas como museo que le están dando un carácter único al lugar. En uno de ellos, La Casa de la Esquina, se exhibía una exposición fotográfica sobre los océanos.

El pueblo de Choros con sus casas de fachada continua, su iglesia del año 1600 y su aceite de oliva premium, es una parada obligada para los turistas.

Visitamos la exposición y luego salimos del pueblo. Dimos con lo que pensamos era el camino hacia la majada y comenzamos nuestra travesía. Anduvimos varios kilómetros por extensos prados cubiertos con flores amarillas (fluorencia thurifera) con la duda de si habíamos errado la ruta porque al poco andar nos encontramos con campos de suelos completamente erosionados, muertos, sin flores. Sin duda estábamos en un lugar de pastoreo de cabras. Pronto aparecieron las cabras que con su apetito voraz ya habían destruido todo a su paso. No nos podíamos imaginar cómo podía haber flores en este sector. Seguimos la huella y comenzó un extenso valle lleno de cactus. Y entonces, en medio de los cactus, como protegidas por una fortaleza, comenzaron a aparecer las primeras alstroemerias fucsias.

Seguimos nuestra ruta y, en la medida que aumentaban los cactus, los cerros se teñían de colores. Protegidas por un tipo de cactus blanco con espinas finísimas, aparecían los más variados tipos de flores de toda la gama de colores: añañucas rojas, alstroemerias, coronillas del fraile, bahás ambrosoiodes, nolana bacattas y zephiras elegans. Cuando caminamos a sacar fotos descubrimos por qué las cabras no pastaban en este lugar. Cuando uno se acercaba, los cactus parecían cobrar vida y atacaban sin compasión, finísimas espinas atravesaban jeans, zapatillas y se clavaban como agujas de una jeringa. A pesar de haber sido sus víctimas, les agradecimos que como soldados protegieran esa diversidad de la voracidad de las cabras.

Este cactus, llamado comúnmente “Oveja Echada”, es el escudo protector de gran cantidad de flores que crecen en la comuna de La Higuera.

Recorrimos un extenso valle, donde no nos cruzamos con ningún alma, nuestros únicos acompañantes fueron varias manadas de guanacos. Contabilizamos cuarenta animales que, sin duda en ese momento, eran los seres más privilegiados del planeta. Corrían libres por los prados, con abundante comida, en un paraje de ensueño.
Aunque en un momento perdimos el rumbo y no sabíamos como regresar, milagrosamente funcionó el GPS de un teléfono que nos mostró un mapa de la zona. Logramos encontrar la huella de regreso que se perdía entre flores amarillas, moradas y blancas. Fue un viaje de tres horas donde el paisaje nunca dejó de sorprendernos.
Cuando regresamos a Choros y leímos los muros rayados con “No a Dominga” comprendimos por qué en esta zona de La Higuera pescadores y pobladores se oponen al proyecto. No es solo la reserva de Humboldt la que llorará por la contaminación, sino que todos los seres vivos que han dotado de este sector de una naturaleza única.

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