Expedición al Lago Constancia




En el verano del año 2003 empecé los viajes de trekking con turistas organizados por mi empresa Anticura. El primer viaje que hice fue con una pareja de holandeses al lago Constancia, en el Parque Nacional Puyehue en la X región. Fue una experiencia tan maravillosa que desde entonces he vuelto las veces que he podido, guiando grupos de fanáticos de la naturaleza y de paisajes vírgenes.

Texto y fotos: Fernando Fainberg.

En varios de los viajes que hice hacia el lago Constancia exploré ambos lados del lago, subiendo por el oeste hasta la cumbre del primer cerro, el que brinda una vista increíble del lago y que deja ver que hacia el norte es un camino difícil, largo y con muchos recovecos. Por el Este he subido hasta la cumbre de un cerro con un bosque casi impenetrable y que dificulta el avance al máximo y que no deja ver casi nada alrededor.

Estas montañas son casi inaccesibles y por eso nunca pude cruzar hasta el lado Norte, donde se ubica el cerro Campana, una hermosa mole de granito que me cautivó desde la primera vez que la vi en el año 2001, cuando fui a explorar esa zona en busca de parajes aislados para mis viajes de trekking.

El packraft, arma secreta

Pasaron muchos años hasta que el verano de 2017 partí con mi arma secreta a cruzar el lago y por fin poder subir ese cerro que tanto me atraía. El arma secreta no es más que mi packraft, un kayak inflable que tiene la particularidad de que pesa solo 2.5 kilos y empacado no es más grande que una carpa para dos personas.

Lo increíble de este kayak es que es casi irrompible (incluso he bajado por rápidos clase II y tal vez III), muy estable, fácil de remar y rápido (y cabe en el todo el equipo).

Llegué un día de enero directo en bus desde Valdivia hasta la aduana Pajaritos donde dejé una constancia de mi viaje en carabineros y luego de un trámite corto en la aduana seguí en el bus (que va hasta Bariloche) hasta la frontera, donde me bajé y comencé la caminata hasta el lago.

La jornada hasta el lago es relativamente fácil, unas 4 horas la orilla.
Si uno va por primera vez, puede ser un poco complicado encontrar la mejor pasada por las dunas y socavones del cerro Mirador, pero es cosa de seguir algunas huellas , sobre todo las de unos imbéciles que van en moto y dejan huellas bastante grandes (y de seguro espantan la poca fauna que está reconquistando ese territorio después de la erupción del Cordón del Caulle). Pasado el cerro Mirador puede ser fácil perderse al entrar al bosque que rodea el lago, pero como después de la erupción del Caulle está todo el bosque medio muerto, es fácil avanzar entre los árboles.

Una de las cosas que cambió con la erupción fue la fisonomía del lago, pues aparecieron grandes playas que antes no existían y permiten acampar fácilmente a las orilla. Esta vez elegí ir por una nueva gran playa hacia el este del nacimiento del río Bonito, afluente del Gol Gol, (el desagüe natural del lago) y acampar cerca de un riachuelo cristalino de los que tantos abundan en este hermoso lugar.

Un lago prístino

La mañana amaneció tranquila y partí remando. Al principio estaba nervioso, pues me encontraba solo y si algo le pasaba al bote tendría que nadar y rogar que mis pertenencias se mantuvieran a flote (mis bolsas secas dentro de la mochila actuarían como flotadores). Pero solo eran temores infundados y en poco rato ya estaba disfrutando dentro de un lago absolutamente prístino, rodeado de paredes de granito donde los bosques de Lenga crecen en los bordes superiores.

Como fui bordeando el lago, cada cierto rato llegaba a un nuevo rincón, una pequeña bahía, un islote de rocas o hermosos árboles que crecían entre las grietas del granito y que parecía que querían tocar el agua, me maravillaban cada vez. Por eso es que me fui tranquilo y me detenía a veces solo a sentir el silencio y reconectarme con esa
naturaleza cálida y nostálgica que solo el verano de la zona de los lagos puede dar.

Un par de horas después llegué por fin a la playa de la orilla norte.
Dejé el bote cerca de un pequeñísimo estero que me proveía de agua pura y cristalina. Ahí armé campamento y partí a recorrer las playas de esa bahía. Me llamaron la atención los fuertes vientos que bajaban por el angosto y largo valle del Campana, los que levantaban grandes nubes de polvo y a veces parecían bastante peligrosos. Por suerte el sentido del viento se alejaba del lugar donde tenía mi carpa.

Pasé una tranquila tarde caminando por la orilla del lago hasta que decidí ir a explorar el valle largo para ver por dónde podría subir, ya que mi intención era ir hasta la cumbre del cerro Campana al día siguiente. Encontré una posible pasada y volví a mi campamento para cocinar y ver el atardecer en un lugar mágico.

Hacia el cerro Campana

Al día siguiente partí temprano en dirección del cerro Campana. Al poco rato ya estaba metiéndome al bosque por el lugar que había visto el día anterior. El bosque era bastante abierto y permitía caminar con facilidad entre medio de grandes Lengas mientras iba subiendo para remontar el filo que rodeaba este largo valle del Campana. Solo el último tramo se hacia más cerrado y un poco difícil, pero nada que impidiera seguir sin problemas.

La vista desde el filo era hermosa, ya que se podía ver el cerro Campana y los lagos del lado argentino. Siguiendo por el filo había que atravesar un buen tramo de bosque de Lenga, esta vez un poco más cerrado, pero había varias huellas de vaca que se podían seguir y que facilitaban mucho el trámite. Un poco menos de una hora y se llegaba a
una parte donde había unas paredes de roca que, si uno buscaba, encontraba cómo subirlas fácilmente. Pasado este tramo llegué de nuevo al filo donde no había bosque y el caminar se hacía muy fácil, solo había que seguir subiendo y subiendo. A medida que se ganaba altura, las vistas se iban haciendo más y más extensas dejando ver toda la magnificencia de esta región. Se podía ver el lago en casi su totalidad con los
volcanes Osorno y Puntiagudo como telón de fondo.

Buscando el camino más fácil seguí por el lado oeste del filo y pude ver la pared oeste del Campana, de unos 300 metros. Otro par de subidas, unos gateos en roca y ya estaba en la base misma de la montaña, la que se ve bastante empinada y más difícil de lo que parecía. Me quedaban aún unos 100 metros verticales que subir y no se veía
muy claro por dónde. En eso estaba (buscando una pasada que había visto de lejos) cuando vi que venía bajando una persona. Era un argentino que estaba tratando de subir a la cumbre y no había podido porque se ponía demasiado vertical. Hablamos un poco y le conté que había visto una posible pasada más hacia el este de donde estábamos y a medida que iba subiendo le iba diciendo que se podía subir y que se
animara. Unas cuantas escaladas fáciles y ya estaba cerca de salir a la cumbre cuando lo veo venir detrás de mí casi gritando “¡gracias Dios mío por enviarlo!”, refiriéndose a que si no fuese porque se encontró conmigo, se hubiera ido sin subir la cumbre.

La cumbre era magnífica, de unos 30 por 70 metros, plana y permitía ver a casi cientos de kilómetros a la redonda, desde el volcán Lanín por el norte hasta el Calbuco y más allá por el sur. También dejaba ver todos los lagos del lado Argentino hasta el Nahuel Huapi que se perdía en el horizonte. Era un lugar ideal para descansar, relajarse, recargar las baterías del ánimo y disfrutar de una naturaleza increíble, que
merece ser respetada, conservada y usada con criterio.

Campamento en una hermosa playa

Después de un buen rato empecé a bajar. Los primeros gateos los hice con cuidado y luego era cosa de solo caminar por el mismo camino que había hecho de subida. Me tomó poco tiempo llegar al bosque y bajar al valle largo, llegando bastante más temprano de lo que pensaba al campamento, así que después de pensarlo muy poco decidí desarmar campamento y partir en el bote a acampar a una hermosa playa escondida que había visto en el viaje de ida.

Cuando partí remando ya se había levantado bastante viento y eso hizo que hubiese olas de entre 50 cm a un metro lo que me obligó a andar más lento e irme remando cerca de la orilla. Luego de una hora de intensa remada paré a descansar en una pequeña playa donde esperé a que bajara un poco la intensidad del viento, el que al venir del sur lo tenía en contra todo el rato.

Seguí remando y al salir de la pequeña bahía el viento ya había disminuido bastante así que pude remar más relajado y llegar a la hermosa playa solitaria sin problema.

Es una playa bastante grande, de unos 300 metros de largo por 15 de ancho y después de recorrerla decidí quedarme en el lado sur, que estaba bien resguardado del viento pues un estero y una gran roca formaban una pequeña bahía que me cobijó gratamente esa noche. Como después de armar la carpa y dejar todo mi campamento listo tenía varias horas de luz, decidí salir a explorar y subir una de las montañas de granito que rodean el lago y que estaba en el lado norte de la playa.

Una difícil subida por una fuerte pendiente entre medio de un bosque lleno de ceniza volcánica, me dejó arriba de unas grandes terrazas que me permitieron ver hacia Argentina y un pequeño lago alpino rodeado de impenetrable bosque y cerros de granito que sabía que existía pero que nunca lo había podido ver. Luego de un rato de deleitarme con tamaños paisajes empecé a bajar para evitar que me pillase la puesta de sol en medio del bosque. Esa noche fue de una tranquilidad total.

Hacia el río Bonito

La mañana siguiente amaneció totalmente despejada, sin la más leve brisa de viento y el lago era una taza de leche. Partí remando cuando el sol ya estaba arriba, pues el lugar es tan bonito que me costaba la idea de partir.

Como ya casi había atravesado el lago el día anterior, me fui remando pausadamente por la orilla sur en busca del nacimiento del río Bonito y el sendero que me llevaría de vuelta a la carretera. El agua es tan cristalina que podía ver todo a muchos metros de distancia y profundidad con lo que pude ver varios árboles hundidos que me
hicieron irme un poco más hacia adentro del lago, a aguas más profundas y así evitar un incómodo pinchazo en mi bote.

Desde el lago pude ver a lo lejos en la orilla a dos personas que se estaban bañando. El lago ya es conocido en la zona y no es poco frecuente ver gente en sus cercanías durante el verano. Por lo menos aún no he encontrado basura.

Llegue al final del lago y comencé a secar el bote antes de guardarlo. A esa altura ya estaba siendo atacado por algunos tábanos y moscas plomas, pero es mejor no prestarles mucha atención y así molestan menos.

Guardé todo el equipo en la mochila y decidí partir en dirección hacia el cerro Mirador, al que llegué después de subir su ladera norte en un par de horas. Un poco de descanso y seguí en bajada entre medio de los socavones hacia el final de mi trekking, por la misma huella que había seguido cinco días antes.

Como ya era un poco tarde decidí acampar la última noche casi al final del cerro Mirador, a un kilómetro de la carretera, en un lugar cerca de una vertiente para así tener todo el día siguiente para volver a la aduana, ya que tenía que hacer dedo desde la frontera y siempre existe la posibilidad de que nadie te lleve y te toque caminar.

La mañana siguiente me levanté temprano y llegué antes de las 09:00 al paso donde me puse a esperar en un lugar donde paran los turistas a tomar fotos de la frontera. Por suerte no tuve que esperar demasiado hasta que un camionero se detuvo y me llevó a la aduana. Ahí tuve que ingresar caminando y hacer el trámite normal, luego pedirle a uno de los muchos buses que pasan que me llevase hasta Osorno y listo. Mi
viaje había terminado.

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