Tesoros del Altiplano




Pocos son los que se atreven a desafiar las alturas del altiplano chileno, por miedo a la puna, las bajas temperaturas nocturnas o la soledad de esta geografía. Pese a ello este lugar esconde una belleza natural inigualable a nivel mundial, con lugares que pocos afortunados han podido apreciar.


Texto: Joaquín Niemann Fotos: Federico Maiz/Joaquín Niemann

Junto con tres amigos partimos un jueves por la tarde a Iquique. Íbamos con bastante equipo, lo que incluía un par de bicicletas para darle más emoción a esta aventura. Llegamos al aeropuerto y arrendamos una camioneta acondicionada especialmente para la altura de Collahuasi. Cargamos el equipo y pasamos a comprar las provisiones a la ciudad.

Emprendimos ruta a la localidad de Pica más tarde de lo planeado. Saliendo de Alto Hospicio nos topamos con la densa camanchaca, que apenas nos dejaba ver la silueta del camino. Decidimos detenernos para acampar en medio de la Pampa del Tamarugal. Esa noche recibimos uno de los primeros regalos de esta aventura, un increíble cielo estrellado sin luna, con la Vía Láctea en plenitud acompañado de un silencio inigualable.

A la mañana siguiente, tras guardar las carpas y el equipo, nos detuvimos en el oasis de Pica, famoso por sus limones y por las aguas termales de la Cocha. Aprovechamos de cargar petróleo, ya que no veríamos otra estación de servicio hasta llegar a Putre. Adicionalmente compramos dos bidones de 20 litros. Pasamos a desayunar en “El Gato Rápido” unos churrascos con un sabroso jugo de mango local.

Desde Pica se aprecia como la llanura del desierto de Atacama se ve abruptamente interrumpida por el desnivel del imponente altiplano. El camino desde Pica al Salar de Huasco serpentea por múltiples quebradas, en las que logran crecer algunos cactus y coirones. La fauna es escasa pero logramos ver un solitario guanaco que vigilaba desde la cima de una colina la inmensidad del desierto. Esta escasez de fauna cambia al llegar al Salar del Huasco. Cientos de flamencos se alimentan en sus aguas, mientras guanacos y llamas descansan junto a ñandúes y vicuñas.

Es increíble que la ley que declaró a -esta inigualable reserva de agua incluida en la lista Ramsar de humedales de importancia internacional- como Parque Nacional en febrero de 2010, haya sido derogado por el actual gobierno. Aún en nuestro país no nos hemos dado cuenta el potencial turístico que tienen estos lugares, que se destruyen con los intereses económicos cortoplacistas de la sociedad actual.

Termas de Lirima

Tras rodear el salar tomamos la ruta del desierto hasta llegar a Lirima, un villorrio de no más de quince casas, casi todas deshabitadas. Seguimos avanzando 15 kilómetros hasta llegar a las termas del mismo nombre. Quedamos sorprendidos por la belleza de las piscinas naturales, donde el agua termal afloraba a más de 80°C. La tierra que rodeaba estos socavones se encontraba cubierta por una gruesa capa de azufre. Aprovechamos de bañamos en una piscina artificial que se encontraba a la temperatura perfecta.

Continuamos viaje hacia el paso Toroni, uno de los pasos fronterizos más altos de Chile. A medida que ascendíamos sentíamos como el aire era cada vez más fino y nuestra Toyota Hilux acondicionada para las alturas apenas podía mantener “primera”. Alcanzamos en menos de 45 minutos los 5.100 metros. El frío calaba los huesos, no aguantamos la emoción y decidimos sacar las bicicletas del pick up para lanzarnos cuesta abajo. Este descenso de más de 2.000 metros de desnivel, rodeados de cerros de todos colores fue una de las mejores experiencias del viaje.

Tras este emocionante descenso seguimos manejando rumbo noreste hasta llegar al Salar de Coipasa, el quinto salar más grande del mundo con 2.218 km2, pero solo unos cuantos kilómetros en territorio nacional. Ya estaba anocheciendo por lo cual acampamos a tan solo 50 metros de la frontera. Durante toda la noche el viento este arremetió contra nuestras carpas y la altura también se dejó sentir, tuvimos nuestro primer “caído” por el mal de altura.

Un mar blanco

Nos despertamos en medio del “mar blanco”, empacamos el equipo y fuimos a explorar la frontera, llegamos a uno de los cerros donde crecen los majestuosos cactus Cárdon o Echinopsis Atacamensis, especie que puede llegar a medir hasta 7 metros de altura. Desde este punto teníamos una vista inigualable a la inmensidad del salar que se pierde en territorio boliviano. Tras esta pequeña exploración, bordeamos la frontera para regresar a la ruta del desierto. Nos cruzamos con dos autos que a toda velocidad atravesaron la frontera, probablemente eran contrabandistas.

Al llegar a Colchane pasamos a la comisaría a preguntar si era posible encontrar combustible en esta localidad, no tuvimos suerte, por lo que continuamos nuestra aventura hacia el Parque Nacional Volcán Isluga. Llegamos al pueblito de Isluga donde quedamos asombrados y apenados por su total abandono, todas las puertas de sus casas se encontraban cerradas con cadenas y candados al igual que su iglesia declarada Monumento Nacional.

Continuamos a Enquelga, donde viven alrededor de 150 personas. Aprovechamos de regalar a los locales unos “Frugelés” que habíamos comprado especialmente para los niños, pero a lo largo de la travesía no habíamos visto más de tres. Seguimos hacia las termas y allí nos topamos con el personal de Conaf quienes nos recomendaron ir a dar una vuelta al río Isluga para practicar un poco de ornitología y si teníamos suerte toparnos con algún gato Colo Colo.

Vicuñas y Guanacos

Seguimos los consejos de la Conaf .En el río nos topamos con vicuñas, llamas y algunos guanacos y, aunque no vimos colo colos, sí nos topamos con varias vizcachas que disfrutaban el calor de los rayos solares.

El viaje continuó por la ruta A-319 la cual se interna un par de kilómetros en territorio Boliviano para luego volver a ingresar a nuestro país. Llegamos a la cima de una montaña desde donde quedamos perplejos por la belleza del salar de Surire, este fue sin lugar a duda el broche de oro de nuestro viaje.

Acampamos junto a las termas de Polloquere, consideradas por algunos las mejores de Chile. Las termas producen varias lagunas en el extremo sur del salar. Junto a la más grande, Conaf construyó un sitio de camping en donde se pueden instalar dos carpas. Aprovechamos de bañarnos en estas aguas que emanan a d 65ºC y compartimos, con un solitario flamenco andino. Esta noche fue una de las más duras, el viento fue implacable y estuvo acompañado por temperaturas bajo los -10ºC, pero que soportamos gracias a nuestros equipos.

Nos levantamos cerca de las 6:00 AM para disfrutar los cambios de tonalidades de los cerros y del salar. Desayunamos y luego rodeamos el manto de sal para conocer las lagunas donde anidan miles de flamencos. Esta belleza rápidamente quedó en el olvido al toparnos con decenas de camiones que circulaban velozmente cargados con Borax, mineral utilizado en detergentes, cosméticos, tubos fluorescentes, entre otras aplicaciones. Es increíble que la CORFO y otros organismos del estado hayan otorgado esta concesión minera en terrenos colindantes al Parque Nacional las Vicuñas.

En nuestro GPS encontramos un antiguo camino minero que ascendía hacia el volcán Guallatiri. No lo dudamos y decidimos poner a prueba nuestra camioneta. A medida que ascendíamos la fauna y flora iba disminuyendo hasta que desapareció por completo. Llegamos al final del camino, revisamos nuestro GPS y habíamos alcanzado los 5.411 m.s.n.m., la vista era increíble, la aridez del desierto se veía interrumpida por el gran lago Chungará y el nevado volcán Parinacota.

Hacia el Chungará

Íbamos camino al lago Chungará cuando nos cruzamos con un cartel que señalaban una termas llamadas Chirigualla. Este cartel estaba justo al lado de un riachuelo y una pequeña choza. Abrimos la puerta de la casita y quedamos sorprendidos por una piscina de dos metros cuadrados. No lo dudamos y nos zambullimos en estas aguas medicinales.

Llegamos alrededor de las 4 de la tarde al lago Chungará. Aprovechamos de explorar algunos caminos secundarios y en uno de ellos tomamos una de las mejores fotos del viaje: una llareta de cientos de años iluminada perfectamente por la luz del ocaso y de fondo, el volcán con sus nieves eternas.

Arribamos a Putre cerca de las 7 de la tarde. Fuimos directamente a la única picada que se encontraba abierta a saciar nuestra hambre. Comimos una de las mejores sopas que he saboreado, acompañada de un necesario té de coca. Decidimos pasar esa noche en unas cabañas en Arica, solo añorábamos una ducha caliente y bajarnos de una vez de la camioneta.

Este viaje fue una verdadera aventura cargada de enseñanzas, por uno de los parajes que aún no han sufrido por la mano del hombre. Esperemos que los intereses cortoplacistas de nuestra sociedad no dañen esta belleza natural y sea preservada para las futuras generaciones. Sin lugar a duda el altiplano es uno de los tesoros naturales y culturales de nuestro país, el que todo chileno que tenga la oportunidad debe visitar, cuidar y sentirse orgulloso.

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