Una Primera Ascensión en Patagonia




Un grupo de amigos, que formaban parte de la rama de montañismo de la Universidad de Chile, se adentró en los Campos de Hielo Norte, en una travesía llena de imprevistos.

Por: Abraham Bittelman
Fotografías: Nelson Brierley, Ariel Valle, Abraham Bittelman

Corría diciembre de 2000 cuando ser montañista no era nada común y para cuatro universitarios (Nelson Brierley, Ariel Valle, Javier Luza y Abraham Bittelman) conseguir recursos y equipamiento técnico resultaba muy difícil. La única forma era a través de auspicios, o de familiares que creían en nuestros proyectos deportivos.

Teníamos una idea concreta: cruzar el lago Los Leones de Patagonia norte, internarnos en la selva, pasar por los glaciares para finalmente montarnos en el plateau de Campos de Hielo Norte (CHN) y realizar una ascensión al poco visitado cerro Cristal. Para llevar a cabo este desafío necesitábamos un mes de dedicación a esta empresa. Debíamos conseguir un bote con motor fuera de borda, carpas muy resistentes al viento, sacos de dormir, trineos de arrastre y dos cordadas completamente equipadas para una expedición y escalada en hielo a una de las cumbres más hermosas del campo de hielo del San Valentín.

Los detalles exactos para planificar nuestro viaje los obtuvimos del reconocido expedicionario Christian Buracchio, quien escaló el Everest por una de las rutas más difíciles conocidas (La Ruta Imposible) y que también había realizado una expedición al cerro Cristal. Con una gran disposición, esta leyenda del montañismo nos dio una cátedra de cómo manejarnos en CHN. Nos habló del sistema de seguridad para la travesía y arrastre de trineos en glaciar, cuantas calorías debíamos consumir diariamente, cuál ruta era la más adecuada para acceder al plateau, las frecuencias de radio para emergencias, entre muchas otras cosas. Fue todo un privilegio conversar con él y escuchar las historias de su expedición en kayak a los fiordos del Sur o el espeluznante relato de la avalancha que cayó sobre él escalando en el Everest.

Día 1 – Balmaceda, Coyhaique.

Abraham y Javier arrastrando el trineo en glaciar Los Leones. Al fondo el plateaux Campos de Hielo.

El día que llegamos a Balmaceda compramos nuestra dieta de 3000 calorías diarias. Sacamos de las estanterías del supermercado comida en cantidades industriales: 50 chocolates, 30 paquetes de galletas, 20 cajas de leche, etc.
Una vez en el alojamiento se nos unió Ariel, el cuarto miembro de nuestra aventura. quien traía consigo el zodiac “El Manque” y su motor para la navegación.

Días 2 al 4 – Camino a “Los Leones”.

Muy temprano empacamos el equipo, la comida, y partimos en caravana hacia nuestra primera parada: Cerro Castillo, que no subimos. Más tarde dormimos cerca de un pequeño poblado.
La mañana del tercer día nos internamos en la verdadera Carretera Austral, densa selva sureña, llena de humedad, musgos, enredaderas, aves, cruces de ríos, inmensos árboles e incluso, un suave trompo vehicular para el recuerdo.
Después de esta exaltada carrera nos detuvimos en lo que parecía ser el final del camino. Había una caballeriza de madera, gallinas y uno que otro caballo, al fin estábamos en Los Leones.
Durante la cuarta jornada esperamos a los arrieros con sus caballos, preparamos la copiosa carga y nos vestimos con nuestros flamantes trajes de agua amarillos. Los auspicios no alcanzaron para el goretex.
Luego de una bien llovida cabalgata de un par de horas, nos recibió el lago Leones.

Días 5 y 6 – El Manque y su “fuera de borda”.

Mientras inflábamos y armábamos el bote El Manque, vimos a un par de exhaustos expedicionarios extranjeros que llegaban a orillas del lago, con todo su moderno equipamiento. CHN los había expulsado de su reino, no resistieron más de cuatro días.
Con nuestro zodiac listo partimos hacia el campamento base en el otro extremo del lago Leones a unos 40 minutos en bote. Fueron necesarios dos viajes para transportar toda la carga.

Días 7 al 10 – Donatello y Leonardo.

Preparando la embarcación “El Manque” en la desembocadura del lago Leones. Abraham, Ariel y Javier.

Dejamos un depósito de carga al final de la ruta que pudimos trazar, siguiendo el valle hasta lo que creíamos el acceso al glaciar. Era un mirador de roca y grandes coihues, de donde se veía toda la cuenca del lago Leones y varias de las cumbres de CHN. Los picoteos esporádicos de carpinteros quebraban el sonido monótono de la lluvia.
Siempre acompañados de la sinfonía de lluvia y viento, hicimos un sorteo para definir quién haría el último porteo: Ariel y Javier realizarían un scouting para encontrar la entrada al glaciar, mientras Nelson y yo llevaríamos a cabo el porteo de la comida y de los preciados trineos.
El noveno día salimos con los trineos en la espalda cual tortugas ninja. El cansancio ya nos pasaba la cuenta. Para variar llovió todo el día, en minutos los pequeños hilos de agua del lugar se convirtieron en cascadas torrentosas. A pesar de lo difícil, era un verdadero goce estar en un lugar como ese, sintiendo la naturaleza y el agua correr desde tu cara hasta los mismos calcetines.
El cansancio ya nos estaba pasando la cuenta de tantas, aventuras y desventuras. El décimo día descansábamos en el campamento 1, con vista a inmensos glaciares, cientos de cascadas en la lejanía, gigantescos cúmulos de nubes, y densa selva patagónica, ¡todo un espectáculo!

Día 11 – Lluvia horizontal.

Amaneció frío y llovía, pero esta vez ¡en dirección horizontal!. Luza toma un camino alternativo y encuentra el hielo mucho más rápido respecto del scouting del día anterior. Avistamos desde su lengua norte la majestuosidad del glaciar Los Leones. En ese lugar montamos nuestro campamento 2.
En la noche arreció el viento sin compasión sobre nuestras carpas. Cocinamos según nuestro monótono menú, con nuestros anafes en el espacio que nos proporcionaban los “avancé” (El espacio entre el techo y la parte interna de la carpa). Dormimos a saltos por la lluvia y el viento y preparamos un depósito para el regreso.

Día 12 – Travesía por el hielo.

Debido al clima decidimos cambiar nuestro objetivo inicial. Contábamos con el tiempo necesario para llegar al plateau, pero teníamos dudas de escalar el cerro Cristal y cruzar el glaciar.
Al costado norte del Cristal, se encontraba otro cerro que presentaba una directísima (concepto de escalada directa de una ruta) desde el glaciar, y según la carta geográfica no tenía denominación. Era la oportunidad perfecta para dedicarle una primera cumbre a una amigo que ya no estaba con nosotros.
Por nuestra ansiedad, al atravesar el glaciar, ingresamos con todo nuestro equipamiento y trineos a cuestas por un laberinto de grietas que no tenía salida. Después de unas horas de travesía, quedamos atrapados entre un festival de grietas insondables y múltiples puentes de nieve de dudosa resistencia. Javier propuso que realizáramos la ascensión al cerro “sin nombre”. “Hagamos cumbre y escapemos lo antes posible de este infierno helado de viento, lluvia y nieve…”, sugirió. El ánimo no decaía, pero las circunstancias y problemas que habíamos encontrado nos obligaban a tomar decisiones radicales.
Avanzamos por la lengua norte del glaciar para finalmente establecer nuestro tercer campamento a un costado de éste. El glaciar tenía una curiosa y gigantesca ola de hielo, un excelente lugar para campamento, cubierto del viento y fácil acceso a las rocas y bosque que nos llevarían de vuelta al segundo campamento. Ese lugar nos sorprendió con hermosos bosques, lagunas y grandiosas vistas de campos de hielo y sus cumbres.

Día 13 – Punta Romi.

Javier Luza contemplando las cumbres de Campos de Hielo Norte. Al fondo el imponente cerro Fiero.

Temprano, con un día muy nublado y visibilidad limitada emprendimos nuestra travesía por una inmensa sección del glaciar, esta vez mucho más cómodos ya que sólo llevábamos nuestro equipo de escalada y algo de comida. Al fin parecíamos escaladores y no mulas cargadas o desesperados navegantes. Después de algunas horas de progresión glacial, escalamos en una pared de hielo cuatro largos de cuerda por una directísima hacia la cumbre. Por momentos no nos veíamos ni las manos.
Con la ruta en nuestras mentes llegamos a esta primera cumbre en honor a Romualdo Moreno. Utilizamos toda nuestra ferretería: tornillos, estacas, e incluso los siempre olvidados “deadman”. El largo final lo coronamos con una aseguramiento de cuerpo, ya que habíamos dejado todo en la ruta. La gran cantidad de nieve y la densa neblina hizo nuestra escalada mucho más desafiante. A la bajada todos disfrutaron sus rapeles, salvo el último que desescaló y recuperó el equipo.

Día 14 – Día de descanso.

Oficialmente era el segundo día que veíamos el esquivo sol de Patagonia. Secamos nuestra mohosa ropa y equipos y tomamos una infinidad de fotos las cuales por primer vez mostraban realmente donde nos encontrábamos: el paraíso de CHN.
Para nuestra sorpresa y debido a que no había nevado la noche anterior, los rastros de la escalda se distinguían nítidamente en toda su extensión hasta la misma cumbre del Punta Romi. También divisamos nuestro objetivo original, “El Cristal” él cual se alzaba imponente por sobre el plateau, y nos decía ¡Mejor suerte para la próxima!
Mientras planeábamos nuestro regreso, ya que el tiempo y el cansancio no permitían planes adicionales, a lo lejos en el medio del glaciar divisamos un extraño objeto. Decidimos que al otro día, en nuestro camino de regreso, emprenderíamos una excursión para averiguar de que se trataba este misterioso bulto negro.

Día 15 – El misterioso bulto negro.

Empacamos todo nuestro equipo y nos encordamos para atravesar el glaciar. A medio camino dejamos los trineos y enfilamos directamente a un enjambre de grietas. Unos cuantos puentes de nieve que cruzar y algunos abismos azulados que esquivar, y ya estábamos junto al misterioso bulto.
Correspondía a una bolsa de equipo, un par de bastones torcidos y prendas esparcidas alrededor. Con tal de salir pronto de ese mar de grietas y del peligro que significaba, juntamos todo rápidamente y arrancamos. Ya cerca de nuestros trineos, en una explanada más segura, revisamos que la bolsa contenía algunas ollas, cordines, y comida. Era bastante peso adicional, así que lo arrastramos hasta donde se encontraba nuestro primer depósito a los pies del glaciar y lo aseguramos con piedras. Alguien más en un futuro podría reutilizar esos objetos y llevárselos de ese lugar para que no se convirtiesen en basura. De regreso en Santiago nos enteramos que estos restos los había abandonado una expedición europea, que tuvo que evacuar en un helicóptero, por lo que no pudieron llevar todo lo que traían consigo.
En la noche al regresar a nuestro segundo campamento, comenzó a llover nuevamente, no recuerdo si también corría viento, pero a esas alturas daba igual, nos habíamos acostumbrado.

Día 16 – “Como baratas”.

Decidimos hacer un harakiri y bajar en un solo viaje hasta el campo base toda la carga que teníamos acumulada. Llevar ese peso era un suplicio, tanto así que Luza llegó con la mochila desfondándose a pocos metros del campamento. Pasamos muchos sustos en las empinadas bajadas y cruces de ríos, no teníamos movilidad con estas pesadas cargas. En varias oportunidades resbalábamos o se quedaban nuestros pies pegados en los espesos musgos, con lo cual caíamos cual baratas de espalda. Era imposible volver a levantarse con esas mochilas. O te ayudaba alguien más o dejabas el bolso en el piso, te parabas y volvías a levantar la carga. Fue toda un desafío descender por las húmedas rocas con musgo, los intrincados senderos llenos de raíces resbaladizas, esto sin contar el hecho que no paraba de llover y que un gélido viento nos congelaba la cara.
Llegamos cuando oscurecía, con mucha lluvia y absolutamente destrozados. Una lesión de la rodilla de Ariel no le permitió llegar al campamento con su carga, y la dejó a algunos kilómetros del campo base. Temprano al otro día la podríamos recoger. Disfrutamos nuestras delicatessen sin restricciones, salames ahumados, vino tinto para celebrar, chocolates, raciones de mazapán y las recurrentes pastas tres minutos.

Día 17 – “Nube negra”.

El día estaba medianamente soleado con neblina intermitente, algo de lluvia y fuertes ráfagas de viento. Comenzamos a empacar las cosas y bajamos los bolsos hasta el lago, donde habíamos dejado al Manque y su motor.
Ya comenzábamos a soñar con el retorno, asados de cordero al palo, pisco sour y cómodas habitaciones, cuando nos encontramos con el motor en su lugar, pero tapado de piedras, arena y tierra, probablemente por una crecida del río. La “nube negra” seguía sobre nuestras cabezas: habría que cruzar a remo todo la extensión del lago.
Ya no era posible transportar todos nuestros equipos del campo base hasta el otro extremo del lago. Sólo cruzaríamos el lago con el mínimo equipamiento para permanecer en el otro extremo, y después viajar hacia el poblado más cercano y traer un motor que nos permitiese recuperar todo el equipaje expedicionario.
Los elegidos para remar fueron Ariel, Luza y yo. El elegido para permanecer en el campo base y cuidar nuestro equipo, Nelson. El elegido para el rescate fue Javier quien conocía muy bien el sector, y en tres días debía cruzar el lago, caminar hasta los vehículos, conducir hasta el poblado más cercano, arrendar un nuevo motor y regresar a las orillas del lago para rescatarnos.
Unos sentidos abrazos, estrechamos las manos, y nos despedíamos de nuestro compañero de aventuras que se quedaba en el campamento.

“Viento en popa”.

Partimos navegando solo con una carpa y algo de comida para evitar el peso excesivo . Por alguna razón pensamos que serían útiles un par de bastones de trekking y el clásico plástico para el suelo de la carpa, pero no eran artículos de primera necesidad.
Cuando llevábamos una hora remando seguíamos en el primer cuarto del lago. Nos comenzaron a golpear en la popa fuertes ráfagas lo que despertó nuestro ingenio. Preparamos una rudimentaria vela con los bastones de trekking y el plástico para la carpa. La idea le impregnó velocidad a nuestra embarcación.
Por suerte el viento nos empujó enérgicamente hacia el extremo correcto del lago. Luza y yo afirmamos los bastones amarrados al plástico tratando que la “vela” se inflara lo máximo posible, mientras Ariel se encargaba desde la popa de timonear el bote con uno de los remos. Gritábamos de alegría y ciertamente entendímos lo que era ir “viento en popa”.
Transcurrida tan solo una hora arribamos a un costado de la desembocadura del lago Leones. Javier, preparó rápidamente su mochila y equipo para comenzar la caminata hacia los vehículos ubicados a unas cinco horas. Apretones de manos y abrazos, y vimos partir a nuestro segundo camarada hacia una intensa aventura para conseguir el motor que rescataría a Nelson.

Días 18 al 21 – La prisión blanca.

Durante los dos primeros días Ariel y yo nos dedicábamos a sacar fotos, descansar y recorrer un pequeño cerro al costado de la desembocadura del lago Leones. Adicionalmente confeccionamos un pequeño ajedrez hecho de madera utilizando como tablero la carta geográfica IGM de la zona que exploramos en la expedición.
En el intertanto en el otro extremo del lago, Nelson se encontraba ordenando todo el equipamiento, recogiendo la mochila que había dejado Ariel y comenzando a leer el libro “La prisión blanca”, que narra la epopeya de Shackleton y su frustrada travesía al polo sur.
El tercer día comenzamos a preocuparnos por Javier, ya que debía haber vuelto con el motor. Se nos acababa la comida cuando vimos a unos turistas alemanes. Ellos traían solo snacks para un trekking por el día por lo que obtuvimos como botín sólo chocolates y galletas. Mientras comíamos los snacks comenzamos a preparar un plan B en caso de que Luza no llegara.
Lejos de ahí en el campo base Nelson, también preocupado por la demora, comenzó a planear su escape del campo base. Ello consideraba atravesar toda la selva virgen, ríos, quebradas y acarreos que separaban los dos extremos del lago Leones. Esto implicaba abrirse paso con machete y manos a través de toda la rivera Norte del lago, la cual no tenía ningún sendero conocido. En el caso hipotético de recorrer toda la rivera norte, existía un último obstáculo, cruzar el torrentoso río Leones, gran “caldo de cabeza” para nuestro compañero.

¡Llegó el motor !

Pasadas las 16:00 horas de la cuarta jornada, Luza llegó acompañado de un arriero, su ayudante, caballos, un cordero para cocinar y el preciado motor para rescatar a Nelson y traer de vuelta todo nuestro campo base. Venía agotado, ya que no había descansado nada en esos cuatro días en los que se dedicó a buscar al arriero y a alguien que le arrendara un motor. Hizo el trayecto corriendo y además manejó todo el camino hasta Puerto Bertrand dos veces. Hasta el día de hoy “nos sacamos el sombrero” por la hazaña de Javier, quién llegó literalmente a desmayarse a nuestra carpa.
El arriero instaló el motor, re-inflamos el bote, y partió raudo hacia el otro lado del lago. De alguna manera subió todo el equipo del campo base para realizar sólo un viaje. Una jugada un tanto arriesgada para la cantidad de peso involucrada. Días después nos dimos de cuenta que algunas cosas se nos habían quedado en el campo base, el precio a pagar por el apurado rescate.
Ansiosos, Javier, Ariel y yo, mirábamos desde la rivera del lago en dirección al Glaciar cuando de pronto divisamos a El Manque acercándose pero con una especie de mástil, el cual correspondía a Nelson de pie entremedio de toda la carga. Era la única forma de que todo el campo base y dos personas cupiesen en el zodiac!

La huida.

El atardecer nos encontró masticando un rico cordero al palo y preparando muy rápido toda la carga para subirla a los caballos. Habíamos acordado con el arriero volver el mismo día. Nelson, Luza, el arriero y su ayudante partieron primero.
Ariel y yo los seguimos un rato después, ya estaba oscureciendo así que preparamos las linternas frontales y nuestro ánimo para la larga caminata hasta los vehículos.
Pasadas unas horas nos pilló una estrellada noche patagónica, mientras cruzábamos riachuelos y pantanos sin tener mucha certeza de lo que pisábamos.
El espeso bosque sólo dejaba ver el cielo entre los pocos claros que se generaban en medio de la intensa oscuridad. Nunca habíamos presenciado un cielo tan colmado de estrellas, realmente inolvidable.
De improviso en medio de la densa oscuridad, comenzamos a divisar rayos de linterna que se movían hacia nosotros, era Nelson quien traía una terrible noticia. Unos de los caballos había resbalado en una de las tantas pasadas de roca y caído 30 metros hacia el río. El caballo iba cargado con el bote y el motor,. El motor por tercera vez traía consigo “la nube negra”.
Nelson y los demás aún estaban en shock: el ruido en medio de la oscuridad fue estremecedor, y pensaron que podría haberle pasado a cualquiera de nosotros. Detuvimos la marcha y acampamos cerca del accidente. A pesar de lo cansados, esa noche nos costó mucho conciliar el sueño,

Día 22 y 23 El rescate.

En Chile Chico, finalizada la expedición. Nelson, Ariel, Javier y Abraham.

Nos levantamos muy temprano y partimos al lugar del accidente. Llevamos cuerdas y equipos para acceder al acantilado de roca y ramas. Instalamos varios anclajes en la parte superior y sistemas de poleas. Con estos implementos, Luza, el arriero y yo rapeleamos hasta donde yacía nuestro caballo. El acceso era muy difícil, entre árboles, grandes ramas, espinas, arbustos y millones de “polcos”, pequeñas moscas patagónicas muy molestas, que pican cual zancudo de pantano.
Bajo esta difíciles condiciones separamos el motor, el bote y un petate amarrados al caballo. Subir las cargas significó mucho esfuerzo para todos, ya que desde abajo las arrastrábamos, mientras que desde arriba tiraban con todas sus fuerzas con la ayuda de los polipastos improvisados en el único árbol adecuado para ello.
Pusimos la carga sobre el caballo del arriero y seguimos a pie. Un par de horas después llegamos hasta donde se encontraban los vehículos .
Manejamos directo y sin escalas hasta Chile Chico. Allí nos recibieron los amigos de Luza. Fuimos invitados de lujo con un increíble acervo de historias que contar. Comimos como nunca, bebimos y conversamos hasta la madrugada.


Dedicatoria:
A este inseparable grupo de amigos de montaña. Nelson sigues estando en cada caminata, escalada y cumbre, sentimos tu compañía querido amigo.

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