Roadtrip Europa en Parapente I




Cómo arrancarse del invierno para sólo volar, o casi. La historia de 3 chilenos en una aventura por Europa con un objetivo claro: volar en parapente por los lugares más impresionantes de los Alpes en sólo 1 mes. 8 países y más de 5.000km recorridos por tierra y ¡Este solo es el comienzo de la historia!

Texto: Gerardo Sánchez / Fotos: José Luis Benavente, Rodrigo Torres, Gerardo Sánchez

Somos tres amigos unidos por el parapente hace ya muchos años: Pelao (Gerardo Sánchez), Raka (José Luis Benavente) y el Bototo (Rodrigo Torres). Siempre nos juntamos, y no sólo para practicar este deporte, sino que también para echar la talla en algún asado de media semana después de la pega; ahí mismo es donde comenzamos a planificar este viaje. 4 meses después de una de estas conversaciones estaríamos subiéndonos a un avión con una idea muy especial: arrendar una van en donde dormir y recorrer por tierra los Alpes, para volar en los lugares más míticos de Europa, la Meca del parapente.

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Nuestra aventura comienza en Milán; la primera parada fue donde los papás de la Cami, amiga nuestra hace varios años y polola de Bototo; ¡sus papás nos recibieron con los brazos abiertos! Equipamos la van que habíamos arrendado con palos y planchas de madera y en un par de horas teníamos la estructura que nos serviría de camarotes, tanto para dormir como para guardar nuestros equipos.

El itinerario inicialmente comenzaba con los Alpes suizos, pero todos los planes cambiaron rápidamente por un frente de mal tiempo que tenía a casi todo Europa con lluvia hacía 3 semanas. Por eso decidimos ir al sur: nos dirigimos hacia Génova y Mónaco, lugar donde termina la mítica competencia Redbull X-Alps, en donde pilotos de todo el mundo deben recorrer 1000 km desde Austria y por todos los Alpes, sólo con parapente o a pie.

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Montecarlo, Mónaco

Llegamos a Mónaco, una ciudad en cerros a orillas del mar Mediterráneo, con mucho lujo por todos lados. Llovía de forma intermitente y luego de un recorrido por la ciudad nos estacionamos para dormir en una calle alejada del centro (al frente de una tienda de Ferrari). ¡Nuestro nuevo hogar funcionaba perfecto!

Al día siguiente la misión era clara, ir a volar. Pechando WiFi logramos dar con un despegue a 600 metros de altura: era un tremendo mirador con un amplio despegue alfombrado, nada parecido a los nuestros en Chile (de tierra); sacamos nuestra bandera y nos sacamos nuestra selfie de rigor. La vista era espectacular pero las nubes aún intimidantes, negras y bajas. Seguía lloviendo y no había ningún otro piloto a quien seguir. Esperamos que parara de llover y nos armamos de valor; no había casi nada de viento así que habría que correr con ganas para inflar el parapente y despegar antes que se acabara la pista: el vuelo sería derecho hacia la playa.

Primero despega Bototo, luego Raka y al final yo; volando la vista era aún mejor que desde el cerro, se veía toda la ciudad de Montecarlo y el principado completo. Abajo de nosotros, el mar calipso y una playa blanca en donde aterrizamos sin problemas y celebramos nuestra gran hazaña. Un tipo en una van nos llevó por 35 euros a rescatar la van en la punta del cerro… y luego se llevaría mi tarjeta de crédito y teléfono de recuerdo. ¡En fin! No nos íbamos a amargar y partimos a celebrar el vuelo con un merecido schop.

Annecy, Chamonix y el Mont Blanc

Al llegar a Annecy, ya en Francia, fuimos preguntando hasta encontrar un despegue, aún más amplio que el de Mónaco. Estaba completamente alfombrado y con un sistema de tickets para subir a la rampa de despegue y con un servicio de buses para llevar pilotos y pasajeros. Todo funcionaba demasiado perfecto.

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Despegamos entre las nubes desde 700 metros de altura para aterrizar en un enorme campo de pasto, con kioscos especialmente habilitados para recibir a los turistas y pilotos. Subimos nuevamente y a pesar de que nos advirtieron que el clima venía malo, despegamos alejándonos de la tormenta, que de todas formas nos pillaría en medio vuelo. Fue una aventura para nosotros; primer vuelo con lluvia… ¡Check! Hasta el momento Annecy era lo mejor.

El camino que seguía a Chamonix era alucinante: iba entremedio de los imponentes Alpes, cruzando por túneles y puentes. Apenas llegamos a nuestro destino y casi de sorpresa quedamos los tres con la boca abierta: completamente encajonado, Chamonix estaba rodeado de Alpes nevados de 4.500 metros, con glaciares colgantes y ríos torrentosos perfectamente canalizados que cruzaban el pequeño pueblo, todo era estilo alpino y pro deporte outdoors.

¡Al día siguiente despertamos con un tremendo sol! Luego de tres semanas de nubes, corrimos al andarivel con nuestros parapentes, sin conocer exactamente donde quedaba el despegue. Llegamos al Aiguille du Midi, una montaña de 3.842 msnm frente al imponente Mont Blanc de 4.810 metros, la cumbre más alta de Europa, blanca y recién nevada. ¡Increíble panorámica!

Despegamos un poco más abajo y se sentía la adrenalina por completar uno de los vuelos soñados por años. La experiencia fue increíble: Chamonix se llevaba todas las medallas, volando sobre glaciares, lagos, ríos y bosques, era el valle que siempre habíamos escuchado o visto en videos desde Chile.

Todavía quedaba mucho por recorrer y al parecer el clima mejoraba en los Alpes así que decidimos partir más al norte, rumbo a Suiza.

Interlaken

Suiza era un mundo aparte, y así se hizo notar desde el principio, cuando tuvimos que abordar con la van a un tren/ferry, que cruzaría una montaña desde Francia.

Al día siguiente estaba lloviendo, pero vimos unos parapentes volando entre las nubes. Ubicamos un aterrizaje de alas delta, en donde nos ofrecieron llevarnos en bus hasta el despegue.

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Este despegue era distinto a los anteriores, no era tan amplio, pero tenía pasto natural y estaba rodeado de árboles entre praderas y graneros (y sí, con vaquitas con campanas).

En eso, se pone a llover muy fuerte y se nubla por debajo del despegue, no dejando ver el aterrizaje ni el pueblo. Habían cerca de 15 pilotos tandem (biplazas) con sus pasajeros, y sin importarles mucho, corrieron para comenzar su despegue, ¡algo muy loco para nosotros! Jamás despegaríamos con el parapente mojado (o empapado), menos lloviendo y jamás sin visibilidad. Decidimos no volar hasta el día siguiente pero hicimos varios amigos en ese despegue, incluido una gringa hippie de Inglaterra que nos hizo de guía.

A la mañana siguiente amaneció con sol y un calor insoportable; despegamos en traje de baño y polera. El vuelo fue alucinante, con vista al Jungfrau (4.158 msnm) completamente nevado. El aterrizaje era en pleno centro de la ciudad, en donde tenían despejado algo así como 2 hectáreas sólo para aterrizaje. ¡Aquí todos practican parapente! El despegue lo hice con Liska como pasajera, una local que conocimos la primera noche cuando llegamos y que se animó a acompañarnos a cambio de ayudarnos a rescatar la van que dejaríamos en el cerro.

Bototo consiguió despegar de pasajero con unos pilotos de ala delta y quedó alucinado con la experiencia. Raka se ofreció para ir a buscar la van como pasajero de Liska en scooter. Volamos una vez más esa tarde.

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Conociendo el Eiger

Junto a Frank, un amigo que hicimos el día anterior, nos dirigimos a First, un pueblito chico pero con una vista alucinante: a faldas del Eiger(3.970 msnm), el Monch (4.100 msnm) y el antes mencionado Jungfrau, todos míticos cerros de Europa en donde siempre se escucha como paradero último de fanáticos del alpinismo, escalada y el base jump. Con esta postal a nuestras espaldas comenzamos a subir a pie desde el andarivel entre praderas y nieve para llegar a unos 2.000 metros de altura. Frank nos indica que debemos tomar sobre los 2.400 metros y cruzar hacia el valle de Interlaken, cuidándonos siempre del viento entre cada valle y los rotores o turbulencias provocados por los macizos.

Bototo llevaba a un chileno que habíamos conocido la noche anterior como pasajero. Nos había reconocido por llevar la camiseta de Chile puesta; ¡estábamos en plena Copa Centenario!

Despego yo primero, junto con Frank y comienzo a seguirlo. Al comienzo me hundo y no subo nada, hasta dar con un farellón de piedras; tomo una corriente cálida ascendente que inmediatamente me hace comenzar a girar. Bototo y Raka estaban un poco más bajos, batallando con la débil condición, que obligaba a trabajar harto para poder subir.

En eso y buscando sin mucho éxito, encuentro una buena térmica que me eleva a 3 metros por segundo hasta los 3.300 metros de altura, altitud de sobra para cruzarme al valle que quisiera. Trato de ubicar a mis amigos pero no los veo; apunto entonces hacia Interlaken.

Pensaba que era el único que había logrado cruzar. Pregunto por radio y Bototo me contesta que ya estaba en Interlaken; se había cruzado más bajo y antes que yo.

¡Excelente! ¿Y Raka? No teníamos noticias. Seguramente no había cruzado y se había acercado de vuelta a la van.

A los 15 minutos divisamos una vela verde muy alta, llegando al pueblo, ¡era nuestro amigo! Había tomado otro camino pero había logrado su cometido: los 4 habíamos cruzado, incluidos Frank y Pablo, el pasajero de Bototo, quien se ofreció a tomar el tren e ir a buscar nuestra van. Esa noche partimos a Milán, Italia, nuestra base de operaciones. Interlaken, simplemente se pasó, nuevamente teníamos un lugar ganador. ¡Sigan nuestra historia en la segunda parte!

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