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En Tierra de Osos, Segunda Parte

Continúa el viaje en dos ruedas por Canadá y esta vez Cristián Urbina se acerca a Jasper; pasando por el gran campo de hielo  de Columbia, pedalea acompañado por el rio Athabasca y sus  montañas hasta llegar al Parque Nacional Jasper, la zona más salvaje de Canadá.

 Texto y fotos: Cristián Urbina  

 Luego de pasar tres noches en Lake Louise, y reponer todas mis energías, viajé 100 km en bicicleta a mi siguiente destino: Rampart Creek, un refugio de montaña muy particular, y en donde cada año llegan cientos de escaladores de hielo para pasar la temporada.
El refugio estaba compuesto por cuatro casitas y un lugar de encuentro para hacer fogatas, simplemente de cuento. En el salón principal había una gran cocina, todo estaba muy ordenado y limpio. En las paredes, muchas fotos y mapas de Canadá con diferentes circuitos por hacer. Había mucha información disponible, también se encontraba una pequeña biblioteca que se había creado con las donaciones de los visitantes, en su mayoría, eran libros de aventuras.
Rampart Creek es un refugio verde, se alimenta de energía solar, no posee duchas, pero sí un sauna al lado de un pequeño riachuelo, que baja con las frías aguas de los deshielos de la montaña.
Estuve dos noches en ese refugio y le hice compañía al encargado, un experto en bicicletas de velocidad.

En-camino-a-Jasper

En camino de Rockies hacia Jasper. Una ruta tranquila donde las montañas se van alejando y empiezan los bosques.

Empujar a los Hielos
Durante el día el encargado iba a entrenar en su bicicleta a Columbia IceField, que era mi próximo destino; dejaba solo el refugio, y ponía una advertencia sobre el check in: a las 17:00 estaba de vuelta. Si llegabas antes, lo esperabas.
Me aconsejó que continuara mi aventura temprano, que eran solo 35 km al campo de hielo, pero por el peso que llevaba, posiblemente mi camino tomaría un par de horas, sobre todo por un tramo muy empinado que debía sortear.
Me dijo que si evaluábamos esa subida, con grado de dificultad de uno a siete, esa sería seis, así que asumí que estaría muy difícil de hacer.
Salí a las ocho de la mañana de Rampart con las indicaciones que me habían dado. Cada curva, cada kilómetro había sido descrito a la perfección por el experto. Cuando enfrenté la temida pendiente, mis piernas no lo soportaron; me tuve que bajar y empujar mi bicicleta por ese largo tramo, luego de eso, el camino se volvió más amable.
Sin darme cuenta, ya había llegado a Columbia Icefield, había sorteado la parte más difícil, y ahora solo me separaban 110 km de mi objetivo final en Jasper y la pendiente, por fin, me sería favorable. El premio de haber llegado a los glaciares era tener en frente mío el Campo de Hielo cuyas aguas desembocan en tres océanos diferentes: Pacífico, Ártico y Atlántico.

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En Old Fort Point, en el punto más alto y corazón de la ciudad se pueden ver carneros de grandes cuernos (Big Horn Sheep)

 

A Jasper, la parada salvaje
Luego de dormir en Icefield -en el punto de mayor altitud en mi travesía acampando en Rockies- y pasar una noche bastante fría, me puse a pedalear con todas mis fuerzas a Jasper. Desde ese momento me acompañó durante todo el recorrido el río Athabasca, que nace justamente en Columbia Icefield y cruza el Parque Nacional.
Luego de un par de horas, y cuando restaban solo 30 km para llegar, hice una pausa en unas de esas postales imperdibles en el camino: Athabasca Falls.
Los siguientes 30 kilómetros transcurrieron en un viaje tranquilo, donde las montañas se alejaban del camino para dar paso a frondosos bosques.
Pasadas dos semanas, siendo 9 de octubre, había llegado a mi objetivo; al lugar en donde la vida silvestre se apodera del espacio. Jasper era diferente a lo que había visto en Rockies, y lo digo porque debo reconocer mi fascinación con los paisajes montañosos de Banff y Lake Louise. El lugar presentaba otros desafíos y bondades: una fauna silvestre abundante, excelentes circuitos de mountainbike y un campamento abierto por unos días, antes del cierre definitivo de la temporada.

 

El último campista
Cada noche en el campamento Whistler fue un desafío, el otoño canadiense se volvía más crudo, y no estaba preparado del todo para resistirlo. Muchas noches sentí frío y cada día tuve que inventar algo nuevo para no perder calor. Lo último que hice fue poner diario en mi saco y funcionó bastante bien, para mi fortuna.
El 13 de octubre fui el último y único campista en dejar el campamento Whistler. La temporada se cerró a las 11:00 y el camp se cerró hasta mayo del siguiente año.
Me tuve que mover a un hostal enclavado afuera de la cuidad de Jasper, a 10 km para ser exactos, ubicado en la falda del monte Whistler. Después de dos días de haber llegado, me animé a subirlo para ver la cuidad. Como venía cansado de mi recorrido, hice la primera parte en Góndola, y la segunda por un trekking suave hasta la cumbre.
Desde allí pude ver los bosques de Jasper y también el camino que había recorrido. En la cima del monte, me puse a pensar, sabía que me faltaba algo para terminar mi aventura, y ese algo era el encuentro total con la naturaleza.
Llevaba una semana en Jasper solo había tenido avistamientos de alces, que se acercaban a la ciudad para estar a salvo de sus depredadores.

Athabasca-Falls-frontal

En el camino hacia Jasper se encuentra esta preciosa cascada: Athabasca Falls, que hace más impresionante los paisajes de este viaje.

El encuentro total
Recorrí muchos lugares: Medicine Lake, Maligne Canyon, Pyramid Mountain, Valley of Five Lakes e hice algunos circuitos de mountain bike cerca del río Athabasca, pero recuerdo con especial atención el 18 de octubre, el día en que me quedé dormido y solo pude ir a Old Fort Point,  justo en el corazón de la ciudad.
Este es el punto más alto de la cuidad, donde hay un pequeño monte desde el que tienes una vista panorámica al valle del rio Athabasca y Jasper. Apenas llegué a la cumbre, la vida silvestre que tanto estaba buscando, apareció. Pude ver tres carneros de grandes cuernos (bighorn sheep), que se alimentaban muy cerca de donde me encontraba, eran parte de lo que ofrecía Jasper. Me sentí satisfecho, tenía una foto característica del lugar, y seguí rumbo al circuito de los Cinco Lagos, que ya había realizado anteriormente en bicicleta por otro camino.
Esta vez, lo hice por el interior del bosque y caminando completamente solo. Debo señalar que en este lugar no existía ninguna prohibición de acceso.  Mientras avanzaba seguían los avistamientos ahora era el turno de una tierna ardilla, que se alimentaba justo frente mío.  Como era el día de los animales, decidí dejar mi teleobjetivo puesto, pensando en mi interior que podría tener suerte y encontrar un animal aún más grande. Es por esto que antes de seguir, miré al cielo y dije: “Dios, hoy estoy preparado, si tengo que ver un oso, que sea hoy”.

Oso-negro-camino-al-valle-de-los-cinco-lagos

Después de tantas advertencias, finalmente venía caminando un oso negro “ Tomé mi cámara, dejé el spray en el suelo y disparé mi obturador” – relata Cristian.

Un disparo
Me adentré por el bosque de Jasper para llegar a Five Lake, el punto final del recorrido. De pronto llegué a una intersección en donde había un cartel que indicaba una bifurcación de caminos. Los vi con detención, no quería equivocarme. Cuando entendí donde debía seguir, di la vuelta para tomar mi ruta, y en ese momento, sucedió lo que estaba buscando.
Justo por el camino elegido, venia un oso negro. Era grande y miraba el suelo como buscando comida. Durante todo el tiempo que recorrí las Rockies llevé conmigo el spray de osos en una mano, y tenía la práctica para quitar el seguro rápidamente en el caso de sufrir un ataque.
Solo por un momento, supe lo que tenía que hacer. Tomé mi cámara, dejé el spray en el suelo y disparé mi obturador. Cuando lo enfoqué, levantó su mirada e hice click, luego bajé mi cámara, tomé el spray y vi como desaparecía en el bosque. Sentí algo muy raro, me emocioné, no sentí miedo, ya habían pasado por eso en Cory Pass, ahora estaba conectado con algo más.
No quise seguir el recorrido; caminé de vuelta a Jasper. Mi aventura había terminado, no dejaba de pensar en lo que había sentido, esa sensación extraña de vulnerabilidad, pero a la vez, esa sensación tan nueva que me hacía parte de ese entorno, de ese bosque, en donde no habían barreras, solo un respeto profundo por la naturaleza.


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