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Cruzando en Bicicleta el salar más grande del mundo

Dos amigos Joseph y Sergio emprenden una travesía en bicicleta por el majestuoso Salar de Uyuni, el más grande del mundo. A pesar de las complicaciones físicas en medio de terrenos difíciles, ambos ciclistas concluyen un viaje en medio de paisajes espectaculares del altiplano boliviano; cielo azul intenso, un inmenso salar que parece no tener fin, cerros rojizos, variados cactus y desierto.

Texto: Joseph Morgan y Sergio Cortéz.
Fotos: Joseph Morgan

Con mi compadre Sergio venimos planificando este viaje al Salar de Uyuni durante más de un año. Al principio se trataba sólo de un sueño a futuro, pero cuando le pusimos fecha (Septiembre del 2015) ya la cosa cambió, el tema iba en serio.  Así es que a arreglar las bicis, enchularlas, preparar alforjas y equipo.  Y ¡a entrenar se dijo! pues pedalear a casi 4.000 msnm no es chacota.
Así pasaron los días, los meses y no nos dimos ni cuenta que partíamos al día siguiente, era 10 de septiembre y ya estábamos concientizados que pasaríamos el dieciocho fuera y lejos de la familia, lejos de casa, fuera del país, en Bolivia y justo para el tema de La Haya. ¡Qué susto!

Partida a los salares más grandes del mundo
Partimos el 11 de septiembre. Al medio día llegamos con las bicis al terminal de buses a Colchane (frontera con Bolivia). La bicicleta de Sergio con equipo pesaba como 60 kg y la mía (que soy más alaraco) pesaba a lo menos 10 kilos más. El bus no tenía espacio para nuestras bicis, un corto llanto seguido de suplicas, un par de billetes de los verdes y listo, ya estábamos “ready”.
El 12 de septiembre, cruzamos la frontera en bici y dejamos el camino asfaltado a la altura del pueblo de Pisiga. Camino de arena, pero compacto, unas pocas calaminas pero nada que te vaya a fracturar el cóccix, 60 km de pedaleo y ya estábamos llegando al Salar de Coipasa; el segundo salar más grande del mundo después del de Uyuni, el cual una porción en territorio chileno.El terreno se pone lisito y firme, un sueño para el ciclista, y viento a favor, ¡qué mejor! avanzamos como los fórmula uno hasta que me empezaron unos retorcijones. Uy pensé; “parece que me enfermé de la guata”. Efectivamente, en la medida que avanzaba la tarde, me sentía cada vez más afligido. “Pucha, la mala suerte, ¿habrá sido el sándwich de pollo?” Pensaba para mis adentros, y no había ningún baño o roquita cerca. Sabiamente decidimos desviarnos un poco del recorrido planificado para acampar más temprano que tarde.

Cielo y tierra en una Ilusión de horizonte de blanco infinito. Joseph Morgan pedalea por Uyuni

Campamento bajo la nítidas estrellas
Encontramos un lugar que nos serviría de refugio, armamos carpa, saqué un tecito y caí rendido como Sansón después de la peluquería.
En la noche me debí haber levantado como siete veces para ir al baño. El hecho de abrir el saco, colocarme la chaqueta, las zapatillas, salir de la carpa, con frío bajo cero, tiritando como aval de trapecista, sintiéndome pésimo. Pero un regalo de Dios apareció: El cielo completamente estrellado, la Vía Láctea  me iluminaba completamente, qué maravilla, lo más hermoso del viaje hasta el momento.
El día 13 de septiembre, nos levantamos temprano y me doy cuenta que no he traído nada light  para comer. Puras comidas liofilizadas de lasagna y pollo picante y barras de cereal de maní, nada de galletas de agua o pan.  Sergio se apiada de mí y me convida unos fideos blancos. No tenía nada de ganas de comer pero me obligo, pues ese día la tirada era realmente larga.
Partimos pedaleando por la impecable huella del Salar de Coipasa. Al poco andar unos policías bolivianos en una camioneta sin patente (“chutes” les llaman en Bolivia a estos vehículos que pasan ilegalmente y sin papeles hacia este país, lo raro es que casi todos andan en estos “chutes”, hasta la policía) y nos hacen parar.
El policía de mayor rango se nos acerca y nos deja ver su pistola en el cinto. Era para preocuparse un poquito. Después de una conversación acerca de nuestro viaje y de cómo en Chile se quiere al forastero nos dejan ir y nos dan indicaciones de la mejor huella a seguir. ¡Salvados!
Nuestro destino es el pueblo de “La Cueca”. Ya me parecía extraño un pueblo en Bolivia con el nombre de nuestro baile nacional, pensé. Debe significar otra cosa, pensé mejor.
Pedaleamos como 20 km. y se nos acabó el salar y empezaron nuestras dificultades. Un camino ¡MALO! Chusca, arena, calamina, piedras, chusca nuevamente, arena, y así por kilómetros y kilómetros. En partes avanzábamos caminando soportando las bicis con nuestro cuerpo. Avanzamos muy leeento, subirnos a la bici, chusca, arena, bajarnos de las bicis, calamina y más calamina, piedras y pobre de nuestros traseros. De pronto el GPS marcaba 5 km para “La Cueca”, nos motivamos y pasamos rajados por la calamina, a sangre no más.

Llegamos a Laqueca
El pueblo se llamaba “Laqueca” (no La Cueca), lo que pasa es que esta ruta nos la había dateado una amiga alemana de Sergio, y claro, como los alemanes leen la “qu” como “cu” ahí estaba la confusión. Bueno igual ya estábamos en este pueblito, así es que empezamos a buscar a alguien para que nos señalara cómo podíamos seguir. Es así que encontramos a unos mecánicos bajo un tractor y nos dieron la mala noticia: Para llegar a Llica (donde deseábamos dormir ese día) faltaban aún 60 km y el camino era peor que el tramo anterior. Si nos demoramos más de medio día para avanzar apenas 30 km, ese tramo nos iba a costar un día más, un día completo más!.  Imposible, eso nos quitaría completamente de nuestro itinerario.
Entonces pensamos en Plan B: “hacer dedo”. Sí, hicimos esos 60 km/h en un camioncito chutero, con las bicis atrás y a casi 20 por hora por lo malo del camino. Llegamos casi al ocaso a Llica y encontramos un hostal bien bueno y barato: Residencial Sillajhuay que en aymara significa “Sillón del diablo”. Esta residencial debe su nombre al Cerro Sillajhuay. La leyenda aymara dice que el cerro Cariquima que encara a una bella mujer, por la cual los nevados del sector (Sillajuay, Isluga y el Sajama) estarían en constante lucha por su amor. ¿Qué tal?
Bueno la Residencial a $6 bolivianos por persona (6 lucas app) ofrece baño privado y agua caliente (no tan caliente). Más que perfecto para una duchita para nosotros, los hediondos.
Llica es un pueblo no muy chico y al ser la entrada Oeste al Salar de Uyuni, es medianamente turístico; hay farmacia (bien para mí) y te puedes comunicar vía celular prestado con tu gente en Chile. Después de recorrer el pueblo, nos fuimos “al sobre” y a dormir.

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Cerca del atardecer las más temprano que tarde. sombras se estiran, aparece el viento como presagiando una helada noche. Aún faltan 20 kilómetros para llegar a Tahua

En medio de un blanco infinito
El día 14 de septiembre nos levantamos y nos dirigimos hacia el salar. Apenas salimos del pueblo ya empezamos a ver al majestuoso Uyuni; estábamos a 3.730 mnsm.
Entrar al Salar en bici no es fácil pues en la orilla es bastante blando, hay un camino de tierra que lo bordea pero tiene mucha calamina, así que el andar es bastante lento, hasta que finalmente encontramos una entrada a 20 km de haber salido.
Nuestra meta es el pueblo de Tahua, que estaba a 72 Km. Ya pedaleando en el Salar de Uyuni paramos un rato para las típicas fotos y regocijarnos de que finalmente ya estábamos ahí.
Uyuni es un gigantesco océano de sal sobre el cual literalmente se puede “navegar” en dos ruedas, ir a la deriva con la posibilidad de elegir cualquier camino que quieras, como cabros chicos avanzamos haciendo slalom y tratando de hacernos “filos” con las bicis. Perderse en esta inmensidad es fácil y puede resultar muy peligroso, hay que conocer los cerros y volcanes, nosotros avanzamos hacia el volcán Thunupa que se veía pequeño al frente. Su forma y color rojizo es inconfundible. El nombre de este volcán viene de la deidad que es el dios del volcán y del rayo, es una de las deidades más antiguas del altiplano , es el hijo de Wirakocha (creador del universo) y hacia él ibámos.

 

Las sensaciones del desierto
El inacabable horizonte en el que la blancura del salar contrastaba con el cielo azul me producía un sentido de libertad. La cristalización de la sal produce millones de figuras hexagonales con rebordes, que le dan cierta textura a la planicie sobre la que quedaban nuestras imperceptibles huellas.
Thunupa lentamente se fue agrandando frente a nuestros ojos, su majestuosidad era perfecta, su color rojizo resaltaba entre el blanco del salar y el azul prístino del cielo. El GPS indica que faltan apenas 5 km. Qué alivio, pues son las 7 PM, y el sol se esconde.
Lamentablemente estos 5 Km restantes que indica el GPS son en línea recta y debemos sortear una inmensa península que se interpone entre nosotros y Tahua. De la nada los 5 km se transforman en a lo menos 20 Km. Aparece el viento, la oscuridad, el frío y el cansancio. Cuento corto, llegamos a Tahua a las 23.00 horas y desfalleciendo. Mi debilidad era tal que los últimos kilómetros los hice caminando. Acordamos no hacer carpa, buscamos una residencial, la cual sólo pudimos encontrar después de recorrer una y otra vez todo el pueblo, casi golpeando todas las puertas. El hostal era de cuatro bolivianos por persona (4 lucas) también con cama y baño privado. Qué maravilla.

Hacia la Isla de Incahuasi
Al día siguiente nos tomamos el día para descansar. El 16 de septiembre, nos levantamos tempranito para ir en línea recta a la Isla Incahuasi: palabra compuesta quechua cuyo significado es Casa del Inca.
Eran sólo 40 km pero yo ya había bajado como 4 kilos en los días anteriores, estaba bastante débil  a raíz de mi intoxicación, por lo que avanzamos lentamente. La Isla frente a nosotros se fue agrandando. Igual que los barcos aparecen y desaparecen en el horizonte del mar, aquí en Uyuni ocurre lo mismo con la isla Incahuasi, es por la curvatura de la tierra.
Varias fueron las horas pedaleando sobre esta gran rayuela de sal, una pizarra blanca interminable. Otra sensación indiscutible era la monotonía, un hexágono tras otro, la música de irlos rompiendo, el silencio absoluto, el leve viento en contra; pasaban los minutos, las horas, todo seguía igual, Incahuasi aparecía, desaparecía.
Ya podía divisar los cactus gigantes, iguales a los de Ancovinto en Chile. Un mar de 4×4 que llegaban y salían de la Isla. Empezamos a divisar las siluetas de la gente y aceleramos motivados de lograr otra meta. Llegamos y los turistas nos miraban como si fuéramos extraterrestres. Fuimos recibidos con aplausos y silbidos, se nos acercaban para saber más de nosotros, de dónde veníamos, cuantos días llevábamos pedaleando, por que habíamos hecho esta locura… éramos casi estrellas de cine. Un tour operador me invitó a comer y por supuesto que no me hice de rogar. Unos anticuchos de llama y quinoa cocida fue mi premio mayor.

 

No hay energías para seguir
La Isla Incahuasi es bellísima y recorrerla al atardecer, cuando ya se fueron los turistas, es una experiencia que no se olvida. La luz del final del día es perfecta para destacar los colores de la isla y de sus cactus gigantes contrastando con el blancor de la blanca planicie del salar que funciona como pantalla y el anaranjado tornasol del cielo del atardecer.  Decidimos quedarnos a dormir aquí. En la noche y debido a mi precario estado de salud decidí que el tramo final no lo iba a hacer, en cambio me trasladaría estos últimos 80 km (desde la Isla al Hotel de Sal que está al borde del salar) en una micro hechiza y súper levantada que pasa todos los días a las 7.00 AM por la isla y que por 4 bolivianos te lleva a Uyuni Pueblo.
El plan era esperar a Sergio en el Hotel de Sal y luego avanzaríamos juntos en nuestro regreso a Chile.Por otro lado  Sergio se levanta a las 3.00 AM para avanzar en bici y encontrarnos en el Hotel de Sal.

 

Sergio continúa en dos ruedas
El relato que viene a continuación es el de Sergio: Al empezar a pedalear el frío era intenso y la oscuridad absoluta. Lo único que guiaba mi trayecto era el GPS pero su luz me encandilaba, luego cada tanto debía apagarlo guiándome por una pequeña diferencia de color, que es la huella que dejan los neumáticos sobre el salar.
Cada tanto me encontraba con pozas de agua a unos 40 cm de profundidad lo que denota que la costra de sal no es tan profunda en algunos lugares, pudiendo provocar peligrosas caídas si no vas atento o si la visibilidad es escasa como era en ese caso.
Pasaron las horas y mi velocidad era de 18-27 km/h. Lo que más anhelaba era que saliera el sol ya que el riesgo de caer a estas pozas era real. Luego empezó a amanecer tiñéndose el cielo de colores anaranjados y los hexágonos del salar aparecen frente a mis ojos. Faltando 20 Km para llegar al Hotel de Sal pasa al lado mío una tremenda micro y alcanzo a divisar en una de sus ventanas a Joseph sacándome la lengua y el dedo del medio. “jajaja”, me maté de la risa.

Una hora después ya estaba llegando a la meta. Una emoción inmensa me sacude hasta las lágrimas por haber cumplido este sueño a mis 57 años de edad. Nos abrazamos con Joseph y gritamos: ¡chi chi chi, le le le, Viva Chile! Eran las vísperas de las Fiestas Patrias y ya era hora de volver. Habíamos logrado satisfacer este anhelado sueño de ciclistas con pocos contratiempos; Joseph bajó 7 kg en este viaje, que recuperó rápidamente en Iquique. En nuestros corazones queda Bolivia, con sus maravillosos paisajes y el cariño de su gente.

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La preciada meta del Hotel de Sal nos espera con una infinidad de banderas, como si estuvieran acompañándonos gente de todo el mundo.

 



El equipo para esta travesía:
– Una bicicleta MTB (no reparar en gastos) con neumáticos anchos.
-Saco de dormir (-20 ºC extremo).
-Alforjas traseras y delanteras (Ortlieb son las mejores)
-Carpa ligera de tres estaciones.
– Clavos 2” para concreto (para armar la carpa en el salar).
– Gorro para el sol (con cubre cuello)
– Bloqueador solar.
– Ropa técnica, para el viento, lluvia, frío.
– Purificador de agua, ollas y cocinilla
– Botiquín
– Kit de reparación, con rayos, un neumático y una cámara de repuesto.
– Comida deshidratada.
– Lentes de sol (100% UV, 84% VIS)
– 12 litros de agua (autonomía de 3-4 días), jugos isotónicos, etc.

 

 

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