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Pedaleando con el General Carrera

Cuatro amigas decidieron tomar sus bicis y vivir una de esas experiencias que queda para toda la vida: hacer un largo pedaleo por la Carretera Austral. Con el sincero lema “en el camino se verá”, se enfrentaron a empinados y solitarios caminos, que les ofrecieron desafíos, belleza y duras lecciones de mecánica en terreno.

Texto y Fotos: Teresa Arnaboldi y M.José Holzapfel

El viaje comenzó como una idea loca, una conversación entre cuatro amigas. ¿Y si nos vamos a andar en bici a la Carretera Austral? Yo no lo tenía claro, ¿para que ir a esforzarse en vacaciones? Mis amigas, M. José Holzapfel, Carolina de La Maza y Antonia Chicharro, me convencieron. Teníamos lo principal: buen estado físico, pero nada más. Ni aperos, ni los mínimos conocimientos de mecánica. Luego de pedir un par de datos a amigos que habían realizado un viaje similar, decidimos partir en Coyhaique para dar la vuelta al lago General Carrera. Compramos lo básico, agua, chocolates, charqui, pastas 3 minutos, algunas herramientas (que no sabíamos como usarlas y que estábamos casi seguras de que no las sacaríamos de la mochila ) y a último minuto metimos walkie talkies.

Llegamos a Coyhaique sin saber mucho qué hacer. Habíamos partido con un lema: en el camino se verá. Nos instalamos en un hostal en el centro y Antonia salió en bicicleta a recorrer la ciudad. Antes de llegar a la primera cuadra rompió la cadena, la primera cuadra!! Nos demoramos cerca de dos horas en repararla dados nuestros vagos conocimientos en mecánica cicletera pero entre mucha “ingeniería” y bastantes risas de cómo $·”& se hacía esto, finalmente lo logramos. (Mal que mal 3 del grupo eran ingenieras.) celebrando pensamos “ya nada puede salir mal”…. Nadie imaginó que esta sería la primera de muchas aventuras que viviríamos y que esta pequeña pana nos prepararía para todas las reparaciones que venían.

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En la foto: Para con el Cerro Castillo de fondo.

Al día siguiente hicimos dedo para llegar al lugar donde comenzaríamos a pedalea.. Nos separamos en dos grupos, ya que sabíamos que nadie llevaría a 4 personas, con 4 bicicletas y bastantes kilos de ropa y comida a cuestas. Carolina y María José rápidamente lograron que un camión las llevara. ¡Ya teníamos dos integrantes listas para empezar el viaje! Antonia y yo esperamos un poco más hasta que un joven local nos llevó. Nuestro amigo nos pidió unos pesos ya que iba hacia otro lado. El lugar de encuentro que definimos fue Vista Hermosa

Cuando nos dejaron ahí dijimos a nuestro amigo conductor “está seguro de que es aquí?”, para nuestra sorpresa, Vista Hermosa era un lugar sin señalización, carteles, ni siquiera una marca, era un lugar arbitrario en la mitad de un camino. Se rió y dijo “si, mucha suerte!!”… ¿Y cómo nos encontraríamos con nuestras amigas si quedamos de juntarnos en Vista Hermosa? Nos reímos y rezamos para encontrarlas. ya que por supuesto no había señal de celular. Avanzamos un poco en nuestras bicicletas en su búsqueda y como una iluminación divina dimos con ellas que nos esperaban sentadas en otro lugar arbitrario de la carretera. Esa fue la primera coincidencia mágica que nos anunciaba una aventura inolvidable.

Cerro Castillo

Y empezamos a pedalear. Luego de unos 50 kilómetros a un ritmo bastante rápido dimos con nuestra primera parada : Cerro Castillo. No podíamos creer la majestuosidad del lugar al cual estábamos llegando. Mientras pedaleábamos, casi sin notar que hacíamos esfuerzo alguno, el sol se ponía atrás de un castillo natural de rocas y nieve, con colores anaranjados y azules, todo en “HD” (siempre nos reíamos de este término), pura magia y energía, todos nuestros sentidos estaban explotando, una vista jamás antes vista, la brisa pegándonos en la cara, las endorfinas del pedaleo.. solo queríamos que ese momento durara para siempre.

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En la foto: Las 4 amigas juntas unos kilòmetros antes de llegar al pueblo de Cerro Castillo.

Llegamos al pueblo y armamos campamento en una zona de camping donde compartimos unos mates con gauchos de la zona. Nuestra idea era quedarnos dos días para hacer trekking por el sector y llegar a la base del Cerro Castillo. Arrendamos unos caballos a nuestros amigos gauchos y empezamos a subir.

Para los caballos era imposible subir en algunos tramos por lo empinado del cerro, así que nos bajamos y empezamos a caminar. Realizamos una caminata por un sendero de roca. Luego por un bosque nativo y una ladera árida de piedras. Después de mucho esfuerzo llegamos por fin a la base. No podíamos creer lo que veían nuestros ojos, una laguna turquesa en la punta del cerro, rodeada de nieve y de las puntas imponentes y azules del Cerro Castillo. El cerro Castillo parece una verdadera torre pero hecha naturalmente de rocas filudas.

Agotadas luego de la expedición, nos devoramos un gran (y bien merecido) cordero al palo en el campamento, buen régimen de proteínas para aguantar el viaje que continuaba al día siguiente.Terminamos acurrucadas y desvanecidas junto a una gran fogata preparada por nuestros amigos patagones.

Despertamos al día siguiente, con toda la energía para continuar nuestro rumbo y de dejar atrás este maravilloso lugar. Decidimos entonces tomar el camino ” temido, desconocido” y poco convencional, Paso de la Ardillas. Se trata de un paso alternativo donde pocos transitan y que pocos saben cómo es, pero nos comentaron que era mucho más lindo, así que decidimos arriesgarnos. Partimos pedaleando desde Castillo en un camino plano, pero a los pocos kilómetros, comenzó a hacerse más y más empinado. Junto con este no tan amigable camino, un viento muy agresivo empezó a soplar y era tan fuerte que casi nos bota las bicis al suelo. Ningún cambio de bicicleta servía para subir las cuestas. Antonia llevaba la delantera y pedaleando fuerte por una subida extrema… volvió a romper la cadena!

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En la foto: Carolina y M.José empujan una bicicleta con una pana en el paso de las Ardillas.

Todas juntas paramos bajo un árbol para repararla. Estuvimos varias horas.No fue fácil arreglar la cadena esta vez, el eslabón que nos quedaba de repuesto estaba roto de fábrica y no entraba en la cadena… el viento soplaba muy fuerte, la bici se caía, empezó a hacer mucho frío, ningún auto pasaba para ayudarnos (“quién nos manda a ir por el camino “no convencional”, decíamos entre risas nerviosas)… Con la manos llenas de grasa de cadena, turnándonos entre todas a ver quien lograba arreglarla, y a falta de paños para este tipo de situaciones, una tuvo que sacrificar su ropa interior para sujetar la cadena que se resbalaba cada vez que intentábamos poner el bendito eslabón. Finalmente, en un momento de gloria, el eslabón hizo “click” y cadena arreglada!! Estábamos tan felices que nos pusimos a saltar, bailar y cantar todas sucias alrededor de la bicicleta. Nos reímos un buen rato..

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En la foto: Antonia, Carolina y M.José intentan arreglar el eslabón de la cadena.

Vuelta arriba de las bicicletas, nos fuimos internando entre medio de un increíble valle lleno de árboles nativos gigantes, lengas, nalcas, vegetación espesa y un río de aguas azules que bajaba por el medio. El paisaje parecía sacado de un sueño, nos volvimos a inspirar con el impactante paisaje, pelos de punta, endorfinas a mil.

Puerto Ibañez

Se nos empezó a acabar la luz y, antes de llegar al plano alcanzamos fácil los 30 km por hora, en una empinada bajada de ripio en que las ruedas de las bicicletas se resbalaban pero logramos equilibrarnos con éxito. Llegamos a un puente y a una playa pequeña. Me bajé para apreciar el río Ibañez que se internaba en la vegetación. Más adelante el paisaje cambió, se puso árido de un momento para otro, como la pampa, con vegetación muy baja pero muy lindo al mismo tiempo, esos paisajes solitarios y áridos donde se respira la tranquilidad. Pasaron unos kilómetros y mi piola se rompió.. no pude arreglarla. El cambio se quedó trancado en el 1/7. Me mentalicé para seguir adelante pedaleando. Exhaustas miramos el “cuenta kilómetros” de María José, alemana para el tema de las distancias(contaba cada kilómetro recorrido, para ver cuánto nos quedaba). El mapa decía 50kms e íbamos en el km 51.. nos aliviamos porque se hacía muy tarde y dijimos “estamos por llegar”. Justo en ese momento vemos un gran cartel que decía “Puerto Ibañez a 10kms”. 10 Kilometros!!? “En auto serán 10 minutos, pero en bicicleta una eternidad”, dijimos.

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En la foto: Antonia y Teresa en el paso de las Ardillas.

Nos separamos por un rato y Carolina y yo llegamos antes a Puerto Ibáñez cerca de las 11 de la noche. Nos recibió un pueblo solitario, con mucho viento y donde no había absolutamente nadie en las calles. Llamamos por Walkie Talkie a Antonia y M. José y nos contaron que estaban paradas a unos 2kms del lugar… nuevamente habían pinchado rueda y estaban tratando de encajar la rueda con el disco, poco se veía a esas alturas de la noche y la tarea se hacía más difícil. Con Carolina decidimos buscar donde dormir. En eso apareció la señora Gloria y nos ofreció cordialmente alojarnos en su casa, con su familia. Nos contó que muchas veces alojaba ciclistas, ya que los veía sucios y cansados y se apiadaba de ellos, además se entretenía con las divertidas historias que siempre contaban. Disfrutamos de un rico plato de carne con arroz que nos preparó en una cocina a leña que calentaba el lugar y nos hizo sentir como en nuestra propia casa. Comimos hasta decir basta, buenas noches a la señora Gloria, a sus niños y a la cama.

En la Radio

Al otro día nos levantamos en la madrugada para subirnos a la barcaza para cruzar de Puerto Ibañez a Chile Chico, que es la única forma de cruzar a esa localidad por territorio chileno. Cuando nos subimos, el capitán se acercó y dijo que no podían llevar pasajeros, que la barcaza sólo llevaba combustible los días lunes (obviamente, justo era lunes). La única manera de llegar a Chile Chico era hacerlo por Argentina. Hablamos unos 20 minutos con los choferes de los camiones de bencina que se trasladaban en la barcaza para “coimearlos” y nos llevaran encubiertas, pero no hubo caso.. .nos reímos mucho con ellos y nos despedimos. Decidimos no perder tiempo y nos paramos en el punto donde comienza el camino hacia Argentina a hacer dedo, pero las posibilidades de que nos llevaran a todas con bicis eran remotas. Nos separamos, y Carolina y yo, en la desesperación por no quedarnos un día completo más en Puerto Ibañez se nos ocurrió ir a la radio local. El mensaje era así: “Se solicita auto que cruce hacia Argentina, ojalá una camioneta para 4 turistas”.

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En la foto: Paseando por Puerto Ibañez.

Salimos muertas de la risa a esperar que alguna persona llegara pero, lo único que logramos era que todo el pueblo supiera de nosotras. A cualquier tienda que íbamos a comprar nos decían: “Ahhhh ustedes son las de la radio!!”. Lamentablemente no tuvimos éxito ni siquiera con los medios, así que decidimos quedarnos un día más en Puerto Ibáñez, y aprovechamos de descansar.

Antes de dormirnos leímos ansiosas un blog de dos hermanos que habían realizado el mismo trayecto que nos tocaba el día siguiente. Para nuestra sorpresa contaban que, en la Pampa La Perra, nombre que se le deba al camino entre Chile Chico y Fachinal, los había recibido una “lluvia de piedras” que caían como meteoritos, temieron su muerte en ese camino y rezaron por llegar vivos y poder volver a ver a sus familiares. Nos acostamos muertas de susto y con muchas risas nerviosas, nos tomamos un buen vino, nos relajamos y nos acostamos, nos miramos entre todas y volvimos a decir “en el camino se verá”, nada podía ser demasiado grave.

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En la foto: Planeando la ruta en una cabaña en Puerto Ibañez.

La temible Pampa La Perra

Al otro día llegamos temprano a la barcaza de pasajeros hacia Chile Chico. El viaje tardó dos horas en un barco lleno de turistas que contaba con cómodas butacas, televisión y kiosko de comida. Navegamos por aguas tranquilas inmensas y sin límites. Apenas llegamos a Chile Chico fuimos al supermercado para abastecernos y comenzamos la parte más difícil del viaje: la temida Pampa La Perra. Apenas iniciamos el viaje nos dimos cuentas que los hermanos que habían escrito el blog tenían razón, aunque bastante exagerados en su descripción de que casi murieron bajo una lluvia de piedras. Se trataba de un camino plano, árido, con vegetación de menos de un metro de altura, y mucho, mucho viento. Pedaleamos 30 kilómetros de pampa a una velocidad mínima ya queel viento de frente ponía mucha resistencia …todas nos separamos ya que cada una se concentró en su propio ritmo.

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En la foto: Bajando una enpinada bajada de Pampa la Perra.

Antonia llevaba la delantera y María José quedó atrás. Nos juntamos en un lugar las tres, con Antonia y Carolina, y nos sentamos preocupadas a esperar a María José que se demoraba en llegar, cubriéndonos del viento y frío detrás de unas rocas.

Unos 20 minutos después llegó María José acompañada de un perro, que al vernos a todas desapareció. María José nos contó que en un momento se vio sola, miró un largo camino por delante y no vio a nadie, el viento le pegaba y tenía pocas fuerzas para seguir. Cuando estuvo a punto de estallar en angustia y miedo, un perro apareció. Nos contó que la miró con ojos de “todo está bien, yo te acompaño” y la acompañó al ritmo que ella iba.

Esto le dio valor, energía y optimismo para seguir… ya no estaba sola. El perro corría en las bajadas y frenaba cuando ella frenaba, y cuando llegaron donde nosotras, él se fue conforme, misión cumplida … fue un momento totalmente mágico. Le pusimos “El Ángel”.

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En la foto: M. José y el perro el ángel.

Todas juntas otra vez, debíamos llegar a Fachinal, pero se estaba haciendo oscuro. Algunas integrantes del grupo no daban más y teníamos que tomar una decisión. O seguíamos hasta encontrar Fachinal (que por supuesto no estaba a los 36kms que mostraba el mapa, ya que llevábamos 40 y solo había Pampa) o armábamos campamento en la mitad de la pampa. Nos quedaban 400 cc de agua para las cuatro, habíamos pedaleado 40 kilómetros en condiciones adversas y estábamos agotadas. Decidimos armar campamento entre los espinos e hicimos una sopa con el agua que nos quedaba para palear el frío de la pampa, y poder comer e hidratarnos al mismo tiempo con la poca agua que quedaba. Miramos la vía láctea que parecía un gran manto blanco cubriendo todo el firmamento… solo una mirada a ese cielo maravilloso nos reconfortó y comentamos lo afortunadas que éramos de estar ahí… todo había sido perfecto.

Acantilados y Lago General Carrera

Despertamos Al día siguiente para continuar la marcha. Salimos de nuestras carpas para encontrarnos en un lugar precioso, un día soleado sin ninguna nube, el escenario perfecto para volver a pedalear cargadas de energía… El único problema era que no teníamos agua y eso nos angustiaba, el mapa decía que debía haber un río cerca pero ya no le creíamos a las distancias. Carolina era las más preocupada, ya que siempre está tomando agua, sobretodo de noche.Comió chicle y pastillas de menta antes de dormir para salivar y no pensar en lo mucho que necesitaba el agua.

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En la foto: Amanece en la pampa.

Nos subimos a las bicis y a los pocos kilómetros ahí estaba: el agua de la vida! Agua de un río que venia directo de los campos de hielo norte, pura, cristalina, helada.. la más rica que nadie probará jamás.

Más adelante nos detuvimos en un predio donde un lugareño que arrendaba su sitio para carpas nos dejó volver a rellenar nuestras botellas. Lo primero que nos dijo fue: ¡Se les viene difícil! Pensamos en quedarnos pero decidimos seguir, nos reímos pensando que nada podía ser más cansador que la pampa La Perra, estábamos gozando esta increíble aventura, ya nada nos asustaba, nos volvimos invencibles. Lo que no sabíamos era que venía lo más duro, pero también lo más lindo del viaje.

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En la foto: Una para con el Lago General Carrera.

Llegamos al paso Las Llaves, un camino que bordea el lago General Carrera con muchas subidas y bajadas. El camino baja rápidamente a nivel del lago con curvas muy cortas y pronunciadas. Pedaleamos por una camino angosto con viento que iba encima de acantilados que llegaban directo al lago, un paisaje impresionantemente lindo. Unas turistas gringas que pasaron en auto nos pasaron dulces por la ventana, les dimos pena y no supieron que más darnos, nos alegramos al ver que nos deseaban fuerzas y energías para el viaje.

 

Una playa paradisíaca

Al fin divisamos Mallín Grande, una villa con pocas casas, una placita y 2 minimarkets. Fuimos a parar a la casa de la señora María, una señora que nos recibió con su linda familia, unos ricos huevos de campo y calor de hogar, nos quedamos compartiendo con ellos esa noche, nos tomamos una buena botella de vino y nos reímos a carcajadas contando nuestras anécdotas, muy agradecidas de haber llegado donde ellos.

Nos levantamos temprano para seguir rumbo hacia Puerto Guadal, agradecimos la hospitalidad y partimos. Pedaleamos durante cuatro horas cuando por sorpresa llegamos a una pequeña playa, blanca, escondida en una bahía donde se reflejaban las montañas en el agua quieta. El lago general Carrera parecía espejo, el sol brillaba por encima de las montañas nevadas, no había absolutamente nadie, éramos nosotras, las personas más afortunadas del mundo. Nos pareció la imagen más mágica que hubiéramos visto en nuestras vidas. Nos bajamos rápidamente de las bicicletas, dejamos el equipo en el suelo, nos sacamos la ropa sucia y transpirada y corrimos a bañarnos en las gélidas aguas. En ese momento nos pareció la mejor terma del mundo. La energía del lugar nos revitalizó y nos hizo darnos cuenta de lo pequeñas que éramos rodeadas de tanta majestuosidad .

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En la foto: La playa paradisiaca del Lago General Carrera.

Llegamos pedaleando felices a Puerto Guadal de día, donde finalmente pude arreglar mis cambios de la bici en una vulcanización. Esa noche nos comimos unos lomitos gigantes con palta y tomate junto a unas cervezas heladas para celebrar que habíamos llegado a nuestro destino. Brindamos felices con los shops por nuestro viaje.

Temprano al día siguiente nos fuimos rumbo a Puerto Bertrand. El paisaje cambió y nos dimos cuenta de que habíamos llegado a la civilización. Una gran cantidad de autos nos pasaban por un camino a ratos pavimentado. Parecía el tramo más transitado de la Carretera Austral. Atrás quedaba la soledad y la tranquilidad. Luego de unos 10 kilómetros llegamos al fin a Bertrand.

Nos quedamos un par de días para descansar. Participamos en un fiesta del pueblo en que daban cordero a todo el mundo e hicimos un paseo en bote por el río Baker y un trekking por un cerro con vegetación nativa donde tomamos agua de lo que nos habían contado era “ la fuente de la vida”. Una cascada gigante que aparecía entre medio de las rocas y árboles.

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Ahí terminaba mi viaje… Yo me separé del grupo, porque tenía que volver a Santiago. Mágicamente un grupo del Green Baker Lodge partía desde Coihaique en avión el mismo día que yo, por lo que me llevaron al aeropuerto, las coincidencias seguían sorprendiéndonos.

Mientras el avión se alejaba de Coyahaique y de mis compañeras de aventura, pensé que a pesar de lo duro que fue volvería una y mil veces a pedalear por uno de los rincones más lindos e inexplorados de nuestro país.

Agradecimientos: Quiero agradecer a Skins Chile, por habernos pasado indumentaria para este viaje.

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